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Serafin Portuondo Linares
1906-1976

Los Independientes de Color
Habana, 1950

Dedication:


Los Independientes de Color
Historia del Partido Independientes de Color

Serafin Portuondo Linares

Publicaciones del Ministerio de Educación
Dirección de Cultura
La Habana  1950
287p

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Linares was a member of the Communist Party and was roundly criticized by his party upon publication for not following a Marxist class analysis. Instead he analyzed the event as a racist slaughter, basing himself on primary sources. The Communist Party organ, Fundamentos, blamed the US and also the Independientes themselves whom it categorized as petty bourgeois and anarchists. Aline Helg deals with this on page 8 of her Our Rightful Share.

In 2002, the Cuban government republished this work with a new prolog by Fernando Martínez Heredia with much interesting information.

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RAZA Y RACIALIDAD: REVISITAR LA MEMORIA HISTÓRICA Jiribilla, 2003

Gisela Arandia Covarrubia
Researcher at the Centro de Estudios de los Estados Unidos, Universidad de la Habana (CESEU)

There is an even less known book, Los Independientes de Color, (The Independents of Color), written by Serafin Portuondo Linares, the son of a veteran of the war of independence. This is one of the most appealing works dealing with an important moment in the struggle of' Black people in Cuba. This book, which is quite controversial, has not been reedited, but can be found in some libraries. (1999)

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2002: New edition published in Cuba

Prolog by Fernando Martínez Heredia, founding member of the Cuban Communist Party and head of the Department of Philosophy at the University of Havana

PRÓLOGO A LA PRESENTE EDICIÓN

La aparición de este libro en el año del noventa aniversario de la gran represión racista de 1912 es un acontecimiento cultural de gran relevancia, y también es una reparación histórica. Lo primero, por ser un paso firme hacia el conocimiento de aquellos eventos y su recuperación como hechos históricos, y una expresión de la conciencia existente acerca de la necesidad cubana de asumir la formación y el devenir de nuestra composición étnica y nuestras construcciones raciales, si vamos a comprender lo esencial del proceso histórico del país y de su situación actual, en función de continuar la lucha por la justicia social. Esa necesidad se está abriendo paso, a pesar de encontrar serias dificultades. Y es, a la vez, una reparación, porque esta obra tan valiosa de Serafín Portuondo Linares, publicada en 1950, permaneció prácticamente olvidada durante décadas.

Aprovecho el buen momento en que reaparece Los independientes de color para sumar, a esta presentación del autor y su libro, mis criterios de interpretación del medio histórico en que el Partido Independiente de Color (PIC) actuó y fue sacrificado por la represión, como un homenaje de trabajo que rindo a aquellos mártires, y al notable investigador cubano que rescató esos eventos hace medio siglo.

La vida y el libro de Serafín Portuondo Linares

En el Índice Alfabético y Defunciones del Ejército Libertador de Cuba (Carlos Roloff Mialofsky y Gerardo Forrest, Imprenta Rambla y Bouza, La Habana, 1901, p. 666) Hermenegildo Portuondo aparece con el número de orden 46282, hijo de Juan y Luisa, Regimiento de Infantería "Cauto Abajo", de la 2' Brigada, 2a División del 1° Cuerpo del Ejército Libertador, con fecha de ingreso 24-2-1895. Su segundo apellido aparece como Ruiz, lo que es erróneo.

El santiaguero Hermenegildo Portuondo Río se fue a la Guerra de Independencia el propio 24 de febrero de 1895, desde su ciudad natal, en el grupo dirigido por Guillermo Moncada, y terminó la contienda con el grado de capitán' . Catorce años después, el veterano Portuondo, miembro del Partido Independiente de Color, se fue a la protesta armada de mayo de 1912, con el coronel Pedro Ivonet -un héroe de la Invasión de 1895 y la campaña de Pinar del Río-, Evaristo Estenoz y sus compañeros, quizás por las mismas zonas de operaciones de su Brigada de Palma Soriano en 1895-1898. Al parecer logró evadir la represión, que segó tantas vidas, y la prisión. Su hijo Serafín debe haber tenido muy pocos recuerdos de aquellos días, porque había nacido el 12 de octubre de 1906. Sin dudas, el niño escuchó, después, muchas narraciones acerca de aquellos sucesos y sus consecuencias. Serafín Portuondo no pasó de la secundaria básica en Santiago, su ciudad natal. Muy joven aprendió el oficio de tabaquero, y enseguida se enroló en un nuevo tipo de lucha social y política, en un país que era víctima de la dictadura de Gerardo Machado. Serafín se destacó en la organización y lucha sindical, fue Secretario General del Sindicato de Torcedores de Santiago de Cuba -un sector laboral muy avanzado cuyo local estaba en el barrio Moncada- y fundador y Secretario General de un órgano obrero más amplio, la Federación Obrera Local. Ya había ingresado en el también joven Partido Comunista, fundado en agosto de 1925. Un documento inédito lo sitúa como Secretario General de ese partido en Santiago a inicios de 1931. También actuaba en el Socorro Rojo. Fue llamado a La Habana mientras crecían la represión y la ola revolucionaria, y permaneció aquí hasta que la Huelga de Marzo de 1935 marcó el fin de las grandes acciones populares colectivas y el ocaso de la Revolución del 30. El joven tabaquero que retorna a Santiago ha conocido la persecución y la prisión, y ha adquirido una formación y una militancia políticas.

A fines de los años 30 se abren espacios políticos y sociales en el país, en una situación posrevolucionaria. Portuondo Linares participa en la creación de un nuevo órgano de la sociedad civil, la Federación Nacional de Sociedades Negras -que cambiará después el último calificativo por el de Cubanas (FNSC)-, fundada en 1936 y reconocida en 1937. La Federación celebra su primera Convención en febrero de 1938, y en ella elige un Comité Ejecutivo Nacional; Serafín es su Secretario Organizador. En los debates plantea que la Constituyente próxima a elegirse deberá aprobar un nuevo orden legal que destierre toda discriminación racial. La FNSC llegó a federar a 205 sociedades "de color" (membresía de negros y mulatos), de las que solían llamarse "de Instrucción y Recreo". Celebró una segunda Convención en septiembre de 1945 y una tercera en febrero de 1949. Durante todo este tiempo, y todavía en 1950, Portuondo sigue en el mismo cargo, siempre con Quirino García Rojas como Presidente. Del CEN -y también de los VIIIyecutivos provinciales- formaban parte conocidos dirigentes y cuad&os de su partido, Unión Revolucionaria Comunista (URC) primero y partido Socialista Popular (PSP) desde 1944, y también simpatizan1es. A la tercera Convención asiste, entre otras, una delegación de la ri:u2

Durante toda la década de los 40, Portuondo Linares vive en La Habana, trabajando como cuadro profesional de URC-PSP en el nivel nacional, en el frente de lucha por los derechos raciales y contra la discriminación. Este era un vehículo de la muy notable actividad de ese partido en el terreno racial. Trabaja junto a Salvador García Agüero, y su labor lo lleva a visitar las provincias. Primero comparte con un hermano suyo uno de esos cuartos para hombres solos, después se casa con una muchacha habanera y pronto tienen dos niños; viven en Salud entre Belascoaín y Chávez. Nicolás Guillén es un amigo con el que intercambian visitas, y también visitan la casa de Juan Marinello. En el local de la calle Carlos III, Serafín se encuentra con Jesús Menéndez, Blas Roca, Lázaro Peña: en los rangos de su partido brillan hombres de todas las razas. Portuondo colabora en el diario Hoy, con temas de la lucha por la igualdad racial. El autodidacta que tanto visita las bibliotecas, el hombre humilde que ha elevado considerablemente su formación dentro de su organización, es un intelectual.

Portuondo Linares emprende una empresa ambiciosa: investigar la historia del Partido Independiente de Color y la represión que lo ahogó en sangre en 1912. Sus motivaciones más antiguas son muy claras; pero este hombre, en sus cuarenta, ha madurado al calor de las luchas sociales y políticas de su siglo, y su investigación del pasado está comprometida con una aspiración de futuro.

La cuarta Convención, en octubre de 1951, no tuvo éxito, porque la directiva de la Federación era combatida por intereses poderosos de los que controlaban, entonces, la CTC, y fue minada por la penetración y la corrupción.. Los datos de este párrafo los he tomado de Carmen V. Montéjo Arrechea: Sociedades negras en Cuba, 1878-1960, en proceso editorial, pp. 227 y sigs., y 272. Investigadora del Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana `Juan Marinello", de La Habana, Carmen trabajó profundamente este tema; lamentablemente, falleció en 1998.

La publicación de Los independientes de color fue facilitada por una circunstancia feliz. Aureliano Sánchez Arango, ministro de Educación en el gobierno del presidente Carlos Prío Socarras (1948-1952), se propuso transformar la situación y la imagen de su ministerio -protagonista en la corrupción administrativa del gobierno anterior, que presidió Ramón Grau San Martín- y, entre otras iniciativas, le pidió a Raúl Roa García, su amigo y antiguo compañero de luchas en la Revolución del 30, que se hiciera cargo de la Dirección de Cultura. Roa, que gozaba de un enorme prestigio social e intelectual, pero que se mantenía fuera de la política de partidos, aceptó la encomienda, dejando clara su independencia política. Durante más de dos años -de 1949 a 1951-realizó allí una labor realmente extraordinaria, pero que ha sido una de las facetas menos divulgadas de la vida y la obra del destacado intelectual revolucionario.

Una de las líneas de trabajo de la Dirección de Cultura era la publicación de libros cubanos, y como durante la larga y difícil época que siguió al fin de la revolución de los años 30 Roa permaneció siempre en las posiciones del socialismo y el marxismo, no es extraño que al conocer la investigación de Portuondo Linares sobre los independientes de color haya decidido publicarla en la Colección Estudios y Ensayos. Ese mismo año publicó en la Colección Grandes Periodistas Cubanos una antología muy amplia de Pablo de la Torriente Brau, bajo el título de Pluma en ristre. Una feliz coincidencia mostraba las distancias con 1912: en 1950 la Dirección de Cultura sacó a la luz también una de las obras más relevantes de Fernando Ortiz, La africanía de la música folklórica de Cuba.

No mucho después, Serafín regresó a Santiago de Cuba, ahora para siempre. Al triunfo de la revolución en 1959, trabaja como funcionario en la Confederación de Trabajadores provincial. Pasa después a trabajar en el Museo "Emilio Bacardí", ahora dedicado a investigar en los archivos su tema, la historia del movimiento obrero. Cuando se jubiló, le dejaron un buró en el Museo para sus trabajos. Ya para esa época había publicado varios folletos y tenía un protocolo de investigación voluminoso; publicó al menos un relato de ficción, titulado "El mambí". Serafín Portuondo Linares falleció en Santiago, el 11 de enero de 1976 .up.gif (925 bytes)

Agradezco mucho a Concepción Portuondo López, Profesora de la Universidad de Oriente e hija de Serafín, y a Herlina López Vázquez, que fue su esposa, por facilitarme tantos datos sobre el autor y por la gran gentileza con que lo hicieron. También, agradezco a Manuel Fernández Carcasés, Director del Ateneo y Presidente de la Unión de Historiadores de Santiago de Cuba, por su colaboración en la búsqueda de datos sobre Portuondo Linares.

Los independientes de color es ciertamente una obra de Historia, fruto de un trabajo acucioso y con seguridad prolongado, con los métodos usuales en los historiadores serios cubanos de aquel tiempo; es un hecho notable en nuestra historiografía, por la elección de su asunto y por una buena combinación de la narración de hechos atinentes y relevantes con las generalizaciones, síntesis y criterios del historiador. Portuondo utilizó como fuentes los documentos del PIC y su periódico Previsión, Actas de Sesiones del Congreso, doce órganos de prensa de la época, los programas de los partidos Liberal y Conservador y comunicaciones orales. Entre los pocos libros que aparecen en su bibliografía, sólo uno tiene como tema los sucesos de 1912: la grotesca crónica periodística racista de Conte y Capmany. El libro de Portuondo Linares fue el primero dedicado a la historia del PIC y a su trágico final.

Por fortuna, está escrito con pasión, pero ni una vez ella es utilizada para sustituir los necesarios argumentos o escamotear hechos relevantes. Su prosa, de calidad mediana, resulta, sin embargo, clara, y es el vehículo de una exposición muy ordenada y precisa, que sigue un plan y lo cumple.

Portuondo deja indicadas al inicio de su obra -en las "Palabras Minares"- las motivaciones de su empresa y las dificultades que se levantan ante todo el que pretenda realizarla. Anuncia una faena de historiador y una intención: mostrar a los protagonistas en sus palabras y criterios vertidos de 1908 a 1912, incluidos textos de documentos, para que puedan ser conocidos y juzgados sus hechos y sus ideas. Frente a las posiciones que fomentan su condena y olvido, el autor defiende a los independientes de color de la acusación principal de racismo que los ha marcado, y postula que el conocimiento debe tener la función de contribuir a evitar que se repita en Cuba un hecho como aquél, y a eliminar lo que llama viejos recelos e interpretaciones erróneas.

Portuondo expone su posición respecto a la cuestión racial: la acción unida de todas las razas, de todos los cubanos, puede borrar de Cuba, mediante la educación y la coerción, "la odiosa discriminación racista, haciendo válidos los artículos de la Constitución de 1940 que amparan a los cubanos negros contra la preterición racial". El objetivo es conseguir, entre todos, la "convivencia fraterna", la que identifica con un futuro que realice "el ideario martiano y maceísta", basado en "el predominio de la democracia y de la igualdad ciudadana plena".

En vez de subestimar la cuestión de las razas y el racismo -en nombre de una contraposición de clases sociales principales respecto al régimen económico- y reducir el problema a un cambio social general que acabaría con la dominación y liquidaría toda desigualdad, Portuondo parte de la realidad de la existencia de construcciones sociales de razas y racismo, para estudiarlas y para postular la necesidad de luchar contra el racismo entre todos, e integrar esa lucha en la perspectiva de un cambio radical del régimen vigente. Este punto de partida era realmente notable como posición marxista en la situación en que se encontraban la teoría y la ideología del comunismo marxista en esos años. En aquel momento, la posición militante que tenía el autor conllevaba la paradoja de trabajar y tener en cuenta de manera destacada la cuestión racial en la práctica, pero exigía en la teoría la aceptación de un dogmatismo que postulaba fórmulas abstractas y estériles para la interpretación histórica. El ensayo del socialista Portuondo Linares tenía que acarrearle consecuencias polémicas dentro de su propio campo.

En el capítulo 'Antecedentes", el autor emprende una ubicación del componente negro de nuestra población en el proceso histórico de más de cuatro siglos, y utiliza el marxismo -aunque no lo proclame-, sobre todo su teoría de las luchas de clases, con la imprescindible concreción y creatividad que exige su uso real en la práctica científico social. Esto le permite exponer como realidades específicas las actuaciones de rebeldía de negros y mulatos, y su participación en la gesta nacional. Valora muy lúcidamente al Directorio Central de Sociedades de Color como movimiento social, al proyecto democrático y antirracista que compartieron negros y blancos en la Revolución del 95, al cuadro de incumplimiento del proyecto y la fuerte discriminación racial que caracterizó al sistema de la primera república. Portuondo concluye que la independencia heredó de la colonia el prejuicio racial, sin rechazarlo. Entonces detalla en un enérgico alegato -casi sin adjetivos-la multitud de formas de discriminación racial. Y a la vez relaciona, sin dificultad alguna, esas opresiones con las que se ejercen sobre los trabajadores y los campesinos, y llama por su nombre y condena al imperialismo norteamericano y el régimen neocolonial.

Pronto se produjeron críticas públicas por parte de dirigentes de su propio partido, en la revista Fundamentos, no. 11, mayo,,1951. Para un comentario sobre el incidente, ver Aline Helg: Lo que nos corresponde. La lucha de los negros y mulatos por la igualdad en Cuba 1886-1912, Ed. Imagen Contemporánea, La Habana, 2000, p. 11. 

El autor presenta los hechos discriminatorios de los primeros años de la república, y las desilusiones de negros y mulatos por la actitud de los dos partidos del sistema -Liberal y Conservador-, como antecedentes del movimiento político de 1908-1912. Y entra en su tema -el contenido de la obra-, que divide en dos partes: los casi cuatro años de actividad de la Agrupación y el PIC, y la protesta armada. Dejo al lector emprender la lectura y hacer sus juicios sobre esa materia, pero no quiero terminar sin un comentario acerca de su último capítulo, "Méritos y errores de los independientes".

Portuondo afirma que hubo contradicción entre el programa original tan avanzado del PIC y el sectarismo racial que expresaron el mantenimiento de su nombre y en sus prácticas de exclusión racial en la dirección del partido. Su objetivo principal de lucha contra el racismo, y por los derechos plenos de los no blancos, se vio obstruido por la Enmienda Morúa, que los tornaba ilegales. Frente a esto, dice, debieron dar el salto de alcanzar una entidad popular y no de raza, aprovechando el marco de la legalidad para orientar mejor su lucha cívica, y crear un partido popular alternativo al Liberal y el Conservador junto con otros grupos progresistas, con otro nombre y un programa más amplio, que sería también vehículo de la lucha por los derechos raciales. Las medidas tan concretas y profundas planteadas por el programa del PIC =jornada de ocho horas, protección al obrero nativo, arbitrajes entre patronos y obreros, revisión de todos los expedientes posesorios y amplias distribuciones de tierras- podían haberles atraído a obreros, campesinos y humildes. Sin embargo, se aferraron a su nombre, al derecho electoral inmediato y a centrarse en combatir la Enmienda Morúa, hasta el extremo de ir a la protesta armada que desembocó en su liquidación.

Está claro que Portuondo se arriesga en su labor historiográfica al señalarles a sus actores una actuación posible, que juzga la acertada frente a la que efectivamente tuvieron. Hasta pudiera parecer anacrónico, por influencia del medio ulterior en que vive, y por su propia posición. Pero yo lo veo historiador cuando no oculta su criterio, y al darlo nos induce a interrogarnos: ¿tuvieron o no los dirigentes del PIC suficiente visión para conducir una política acertada para sus tines dentro de lo que era posible entonces? ¿La conjunción de las riquísimas experiencias de lucha social y política de las últimas décadas, y del espacio que ya se había conquistado en Cuba para la actuación política, les permitía tener en 1912 la visión que les pide I ortuondo? ¿Cómo se construye una medición de lo posible en el caso de la relativa autonomía de las actuaciones políticas? Esas son también preguntas para historiadores. Y son, además, una incitación a investigar más, con los medios y con los numerosos aportes sobre estos hechos históricos y sus contextos de que disponemos hoy, acerca de cómo se hizo y quiénes hicieron el programa del PIC -y compararlo con otras iniciativas coetáneas-, acerca de las personalidades y las tendencias dentro del PIC, y otros puntos que permitan profundizar más para llegar a nuevas síntesis.

No hay que olvidar que el crítico está concluyendo el primer libro que aporta elementos para valorar con justicia aquellos hechos históricos. Pero todavía lo finaliza con un elogio vigoroso y sintético de los independientes de color. Les reconoce lealtad a sus principios y tenacidad al defenderlos, honestidad, capacidad de captar muy bien las ansias de miles de ciudadanos negros y mulatos, y darles tono de acción, recuperación y clamor de masas. El PIC clavó al prejuicio que inferioriza y excluye a miles de cubanos -dice- y les veda derechos, oportunidades y disfrutes inherentes a toda la ciudadanía, pero no predicó una acción contra la población blanca, sino contra los discriminadores y explotadores que mantenían así sus privilegios. El partido se mantuvo en la lid durante cuatro años, dando pruebas de una gran estatura cívica y moral, en medio del lodazal y la confusión que imperaban en aquella situación -recuerda Portuondo Linares-, sin claudicar ante el soborno y la coacción. El empeño fue duro y el balance fue adverso, termina, pero sus virtudes atenúan los errores estratégicos y tácticos que "contribuyeron a malograr una gran lucha cívica que tanta falta le hacía, que tanto le hace falta aún al negro cubano, a la República, a la patria de todos".

Razas, lucha nacional y dominación burguesa neocolonial

Además de ser un hecho horroroso, la mal llamada "guerra del 12" -o "guerrita del 12", o "de razas"- ha tenido una posteridad muy singular. La memoria histórica oficial de la burguesía de Cuba la remitió intencionalmente al olvido, pero ese designio no encontró oposición notable; la memoria de la Cuba revolucionaria no ha logrado recuperar del todo aquel evento, y es sólo en estos años recientes cuando parece que al fin sucederá. ¿Cómo se construyó el olvido, ese complemento directo de la Historia, de modo que resultara eficaz? No podría serlo si sólo hubieran participado los órganos) los intereses de la clase dominante y sus políticos.up.gif (925 bytes)

Desde una perspectiva más general, puede advertirse que los grupos sociales que han vivido por tiempo prolongado en condiciones extremas de indefensión y opresión aprenden a incluir entre las condiciones de su ascenso social el olvido de aquellas condiciones de vida y de las marcas que en ellos dejaron, en busca de borrar la sombra ominosa que sobre su presente y su futuro puedan arrojar aquellas instituciones y el carácter natural que en su tiempo las revestía. Esa construcción del olvido tiene siempre una historia particular. Por ser sensible al tema de la esclavitud en Cuba, y por mi pasión por la historia, desde muy temprano en mi vida me intrigó la escasez de condenas y acusaciones, e incluso de menciones a esa institución por parte de personas con ascendencia africana. Después me di cuenta de que aquella indignidad inabarcable arrojaba una sombra sobre los no blancos, que era más bien un estigma que un instrumento de reclamación de restituciones o derechos. Resultaba así un vehículo de autosubestimación, el recordatorio de una llegada tarde al idioma, a la libertad personal, a la adultez legal, a la virtud, a ser respetable.

Por el camino del estudio llegué más tarde a una comprensión relativa del proceso histórico del país en lo tocante a este tema, un tipo de aproximación de ciencia social que -si se integra con otros tipos de acercamiento al asunto- puede ayudar mucho al conocimiento, ese acto que nos proyecta hacia adelante y algo nos cambia, y que bien manejado resulta un arma de mejoramiento social. Intento a continuación exponer una síntesis -apretada hasta la omisión- de esa comprensión.

La esclavización masiva de africanos y sus descendientes durante el siglo XIX fue una condición indispensable para la bárbara modernidad azucarera y la vinculación con los centros capitalistas del mundo. Ese sistema económico social fue uno de los pilares de la formación de la nación cubana, pero la clase dominante en la economía prefirió renunciar a otro pilar, la constitución de un Estado independiente, porque la sujeción colonial protegía su interés inmediato, que era casi su único interés. En el marco de las necesidades de la dominación sucedió la construcción intencionada y sistemática del racismo del siglo XIX, que llegó a cristalizar como uno de los elementos constitutivos de nuestra cultura. Del mar de contradicciones acumuladas en aquella sociedad debo limitarme a señalar que frente a la división en castas y los abusos institucionalizados y cotidianos estaba la realidad de la amplia y muy diversificada participación de negros, mulatos libres y esclavos en la civilización material y espiritual que se expandía, y en las relaciones personales vitales. El paulatino y complejo proceso de emancipación de la esclavitud sucedido entre 1868 y 1886 abrió paso a una nueva etapa.

El manejo de la historia total del último tercio del siglo XIX es imprescindible para la comprensión de la cuestión racial en el primer tercio del siglo XX cubano. Un objetivo central de la clase dominante en la formación económica era controlar la transición al sistema posterior a la emancipación, pero eso le fue mucho más difícil que a las de los otros dos grandes regímenes de esclavitud americana del siglo XIX, Estados Unidos y Brasil. Aunque fuertemente determinado por necesidades del sistema económico dominante, el proceso cubano sólo se inició con la insurrección independentista de 1868-1878 y su asunción de la abolición, y con las medidas que España tomó en ese terreno en su lucha contra ella; todo el proceso estuvo marcado por los cambios que produjo la revolución en las personas implicadas, más su influencia en la vida del país. La fase final, y también el período 1886-1895, estuvieron marcados por una nueva situación política y de movimientos sociales, en la que el nacionalismo desempeñaba un papel fuerte y creciente, y auguraba la esperanza o la amenaza -según quien lo percibiera- de una nueva revolución independentista.

Las acciones y las aspiraciones de los emancipados y sus descendientes -que buscaban respeto a su dignidad, familia, movilidad, trabajo, vivienda, derechos civiles, tierra- no representaban por sí solas un desafío mortal a la dominación en Cuba, pero la conjunción de ellas con las de otros sectores, grupos sociales humildes e intermedios, congregó una mayoría combativa. Entre todos fueron capaces de formar una gran coalición política nacionalista anticolonial, en respuesta a la prédica de José Martí y a la conducción de Antonio Maceo, Máximo Gómez y otros líderes veteranos y jóvenes. Es necesario que nuestros estudios históricos presten más atención a las relaciones profundas que existieron entre los movimientos y las ideas que procuraban el ascenso social de lo que entonces se llamaba `la gente de color', y el desarrollo de las ideas patrióticas y los movimientos conspirativos que culminaron en la Revolución del 95. Realmente fueron altas las vinculaciones de las luchas nacional, de raza y de clases en la Cuba de los años 90.

La clase dominante en la economía consideró vital el mantenimiento del orden, colaboró con la metrópoli, y cuando llegó la crisis fue incapaz de controlar a la coalición anticolonial, influirla o asumirla a favor suyo, y sólo en alguna medida trató de dividirla. Su práctica frente a la Revolución consumó el papel antinacional a la que la llevaron sus politicas anteriores, su mezquindad y su incapacidad de conducir a la nación.

Quiero destacar dos consecuencias de esta historia. Una, que las corrientes populares y radicales predominaron en el nacionalismo cubano que se desarrolló y arrastró al país a la guerra, el holocausto y la formación de la nación Estado. La segunda es la participación masiva de negros y mulatos en todas las funciones y estructuras de la institución más moderna y fuerte creada por cubanos hasta ese momento, el enorme Ejército Libertador; también fue masiva en todos los demás servicios de la Revolución. A pesar de los fuertes resabios de racismo, aquel ejército fue el primero realmente multirracial en todos sus rangos en la historia americana. Esos negros y mulatos no cedieron nunca a las tentaciones de practicar conductas de motín durante aquella guerra terrible, ni a tratar de vivir mejor y por su cuenta en aquellas circunstancias. Se sometieron en masa a una disciplina muy rígida, y realizaron esfuerzos sobrehumanos en pos de un ideal general nacionalista, republicano y democrático. Y esto es de la mayor importancia: los no blancos asumieron ese ideal político como el vehículo idóneo para alcanzar sus anhelos como individuos y como poseedores de identidades grupales de raíz racial, y en las etapas siguientes se mantuvieron fieles a la condición de cubanos que tanto contribuyeron a crear, por encima de toda otra condición5.

La libertad personal había ganado otra dimensión ideal para muchos no blancos, al sentirla ligada a la abolición revolucionaria y a la Guerra de los Diez Años, aunque la mayoría de los esclavos accediera a la libertad por preceptos legales y gestiones personales. Esta nueva significación social de la libertad daba otro carácter, más digno y promisorio, al fin de la esclavitud, disminuía la fuerza de su estigma y la distancia entre los no blancos que sufrieron la esclavitud y los nacidos "de color libres", y podía tender a cohesionarlos a todos si participaban en un proyecto nacional que, a su vez, los uniría con los participantes blancos. Quiero decir, de paso, que el investigador está obligado a considerar y valorar como un hecho histórico aquella socialización de creencias y representaciones que llega a tener peso con relación a los eventos que investiga en una sociedad, independientemente de que la propia historiografía establezca que las creencias en cuestión estaban fundadas o no en hechos que efectivamente sucedieron.

He preferido mantener el aire conveniente a un prólogo, y no acribillar este texto con las necesarias notas al pie. Por consiguiente, no lo haré en este caso; pero mi afirmación puede comprobarse en numerosas fuentes escritas, de todo tipo, de aquella época.

Su participación masiva y muy destacada en la creación revolucionaria de la nación Estado en los años 1895-1898-1902 operó en los negros y mulatos de Cuba como un antídoto o redención de aquella posición inferior en la sociedad y ante sí mismos que les había traído el siglo XIX. La nación y el nacionalismo fueron, pues, un lugar privilegiado de la autoestima, y aun del orgullo de ser negro o mulato cubano, y una fuerza propia para enfrentar lo que les deparara el nuevo orden republicano.

Pero el orden posrevolucionario contenía muchos aspectos negativos. La primera república burguesa neocolonial -la que va de 1902 a la Revolución del 30- recuperó y se propuso ampliar las jerarquías sociales que había dejado en pie la Revolución del 95, sostuvo el régimen económico capitalista liberal, procuró sujetar a los trabajadores a la voluntad de los patronos y mantuvo relaciones de subordinación con el imperialismo norteamericano. La burguesía de Cuba ejerció, por primera vez en la historia, un dominio sobre las dimensiones política, económica e ideológica de la sociedad, mas sólo a costa de ceder partes apreciables en cada una de ellas. En cuanto a nuestro tema, al tener que aceptar aspectos del nacionalismo popular y del programa revolucionario, su hegemonía no podía elaborarse sin igualdad formal y derechos ciudadanos para los cubanos no blancos, que por su parte los exigían con vigor. Pero los no blancos carecieron de suficientes posibilidades para presionar y negociar sus derechos en el sistema de la primera república.

Negros y mulatos siguieron asumiendo sus actividades sociales con gran disciplina, pero ahora ocupaban un lugar social que era bastante inferior al que se habían ganado. Sin embargo, no abandonaron su relación básica con el nacionalismo revolucionario que había originado la nación Estado, ni dejaron de ligar esos ideales nacionales y su concreción republicana a sus reclamos y esfuerzos por lograr ascenso social y derechos civiles en cuanto hombres y mujeres "de color". Desde esa posición vivieron y actuaron. Muchos presionaron, negociaron, a veces exigieron, y lucharon con gran tenacidad por empleos, educación, respeto, mayores ingresos, servicios sociales, tierra. Por otra parte, es un error creer que nada cambió en la situación de los no blancos con relación a la última etapa colonial; esta es una de esas afirmaciones enfáticas que pueden alguna vez servir para reclamar atención frente a las historias simplistas y superficiales, pero no ayudan nada a la obtención de conocimiento. En realidad, se abrió una nueva etapa histórica en la construcción social de las razas y el racismo en Cuba, con aspectos positivos respecto a la anterior y con permanencias negativas' .

Resulta imprescindible ir más allá de las constataciones que nos irritan, del olvido a que se ha sometido la cruel represión de 1912, en busca de conocimientos útiles. La ideología más fuerte y compartida de la época fue el nacionalismo, por lo que me parece preferible detenerse en él y relacionarlo con la cuestión que revisamos. En sus diferentes modalidades, maneras de asumirlo y utilizarlo, el nacionalismo cubano tenía mucho que ver con las construcciones y renovaciones de la dominación de clases, las construcciones raciales sucesivas, las luchas de clases, de liberación nacional y por derechos sociales, y con las negociaciones o equilibrios entre los grandes grupos sociales. Como en cada etapa histórica, esas entidades y sus interrelaciones tienen una especificidad, a la vez que van registrando una acumulación cultural que les da características sedimentadas, que pueden sobrevivir al medio en que aparecieron y mantener una relativa autonomía.

Dado lo que hemos referido hasta aquí, tenían que ser complejas e inciertas las relaciones entre el nacionalismo y la cuestión racial, porque en ésta se expresaba descarnadamente el retroceso del país respecto a las prácticas, el pensamiento y el proyecto revolucionarios del 95. El conservatismo social era el contrapeso necesario ante la existencia de la república y del liberalismo económico. El patriotismo debía ser ciego frente a las razas, y por tanto mudo ante las injusticias por razones raciales. La idea misma del riesgo de perder la soberanía a manos de los Estados Unidos se asociaba a la intangibilidad del orden existente y a la condena de todo movimiento que lo amenazara de modo real o supuesto. El interés nacional pudo entonces levantarse como un muro frente a las demandas y las organizaciones de lucha social o racial. Pero no se trataba de una mera imposición. La hegemonía asumía el nacionalismo porque para las mayorías del país la nación tenía sentido y valores sumamente importantes. Por eso puede apreciarse que la mayor parte de las personas "de color" estuvo ajena o rechazó las actuaciones políticas basadas en la raza, incluso en_el caso de los independientes de color y de la represión de 1912. No fue necesariamente que les faltara conciencia: en muchos se debió a que no estaban de acuerdo con la movilización racial como base de la actuación política.

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Desarrollo este tema en "Nacionalismo, razas y clases en la Revolución del 95 y la Primera República cubana", en Ciudadanos en la nación, Coordinadores Olga Portuondo Zuñiga y Michael Max P. Zeuske, Editores Fritz Thyssen Stiftung y Oficina del Conservador de la Ciudad, Santiago de Cuba, 2002, pp. 118-147.

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Con esta obra de Serafín Portuondo Linares podemos conocer en detalle y en sus textos los hechos y las ideas de la agrupación que constituyó el PIC, expresión de una posición que intentó utilizar el sistema político para dar curso a demandas de justicia racial e igualdad ciudadana, y reclamos sociales y nacionales. El autor nos explica sus tenaces esfuerzos organizativos y de propaganda, sus propuestas avanzadas y su gran consecuencia al defender su causa. También expone la situación de práctica ilegalización del PIC en 1912, el carácter real y el alcance de la protesta violenta que inició simbólicamente el día del décimo aniversario de la instauración de la república, la salvaje represión a que fueron sometidos sus miembros y el aislamiento en que quedaron. Me limitaré a añadir algunos comentarios.

Miro en los sucesos de 1912 -irrepetibles como cada hecho que después consideramos histórico- las huellas de un complejo encadenamiento de cuestiones y factores muy diversos. Uno, el PIC, en la situación descrita antes, adopta una táctica que le será funesta: la protesta armada como medio de presión política. Dos, los rejuegos políticos del Presidente y algunas otras figuras, en año electoral, el paso a la movilización del tipo "la Patria está en peligro" y la represión nacional, con crímenes masivos en Oriente. Tres, el carácter del instrumento de la violencia estatal, ya completamente ajeno al instrumento de la revolución que había sido el Ejército Libertador. Cuatro, las presiones de los Estados Unidos. Cinco, la oportunidad de reprimir a fondo a un amplio sector del campesinado oriental, potencialmente peligroso en su reacción al despojo y el empobrecimiento que le acarrea la expansión capitalista que está en curso. Seis, el peso incuestionable del racismo antinegro en la sociedad cubana de la época.

En una situación límite como la que se creó en el verano de 1912, la gran represión puede ser una muestra palpable de los rasgos fundamentales de un orden político, económico y social determinado. Pero, a mi juicio, es más probable que haya sido una expresión monstruosa de la brutalidad a la que puede llegarse en un régimen de dominación que está acumulando contradicciones, sin que el hecho mismo fuera funcional a lo esencial del sistema de dominación. En 1912 quedó al desnudo el gran retroceso de la primera república respecto a la exigencia de cambios profundos en la construcción de razas y el combate al racismo que le planteaban las luchas sociales y políticas del último tercio del siglo XIX, y las transformaciones que ellas produjeron en las personas, sus relaciones y las instituciones. Sin embargo, aquella bárbara represión que asesinó a miles de personas, atropelló y tomó presos en tantos lugares del país, y que nunca brindó excusas o reparaciones por sus desmanes, no puede igualarse en su significación y sus secuelas a la que sucedió en 1844, el famoso "año del cuero". Esta última tuvo un contexto, unas motivaciones y unos objetivos a alcanzar completamente diferentes. Ubicar históricamente cada uno de esos crímenes no les quita su horror ni disminuye la culpa, pero ayuda a pensar en las raíces y en los condicionamientos y formas diferentes que están presentes en la historia del racismo en Cuba.

La matanza de 1912 no fue un gran escarmiento dirigido a "poner en su lugar" a los no blancos en general, eliminar su capacidad de protesta y disminuir su posición social, reforzar el racismo y abrir campo a una era de pérdida de derechos y sometimientos raciales, aunque tuvo consecuencias inmediatas en esas direcciones, en diversa medida. Ninguna variante del nacionalismo burgués republicano podía emprender una abierta ofensiva racista con fines ambiciosos, por las consecuencias políticas tan negativas que le hubiera traído y porque hubiera significado intentar algo imposible: borrar la huella de la Revolución del 95. Por otra parte, un evento como aquél no era una necesidad para el orden social y económico vigente; más bien podía entorpecerlo si creaba problemas de gobernabilidad. No había entonces razones para agitarlo como un fantasma aterrador. El olvido de 1912 era necesario y conveniente para la clase dominante de Cuba.

El fracaso y la soledad de los independientes de color -abandonados incluso por los influyentes veteranos organizados, antiguos compañeros de armas de gran parte de los alzados-, y la realidad de su naufragio en un gran baño de sangre impune y una campaña de calumnias casi incontrastada, tampoco proponía su ejemplo o su recuerdo como bandera aconsejable para los no blancos que trataban de superar su situación tan desventajosa mediante otras tácticas, y esperaban que la república cumpliera al fin la promesa de la revolución, o presionaban en esa dirección. De ese modo coincidieron dominantes y dominados, con motivaciones muy diferentes, en la construcción del olvido. Pero es totalmente desacertado suponer que 1912 significó un auge del racismo antinegro en la vida cubana durante casi medio siglo más. Aunque enfrentados siempre a duras limitaciones, negros y mulatos tuvieron una historia en ese medio siglo, en la que conquistaron avances en jornadas cívicas, o los negociaron en coyunturas apropiadas, por sí o formando parte de masas o sectores movilizados. Aquel olvido de 1912 no expresaba, por consiguiente, simplemente una derrota de los negros y mulatos; era también una apuesta al futuro por otros medios, y una forma de espera.

Cuando yo era un niño, mi padre me narraba muchas historias de las luchas patrióticas cubanas, en las que negros y mulatos como los Maceo, Moncada, Banderas, José González Planas, Cebreco, Vidal Ducasse, Sánchez Figueras, eran héroes famosos y abnegados, protagonistas de anécdotas edificantes. También me hablaba de Juan Gualberto Gómez, o de algún poema de Plácido. Pero mi padre no decía nada acerca de los eventos de 1912. Sin embargo, cuando ya fui un muchacho, sacó de un estante de la Sociedad de Instrucción y Recreo "El Progreso" ("de color"), a cuya directiva pertenecía, el libro Los independientes de color, y me lo dio a leer. Lo estudié con gran interés, y me apasionó; esto me permitió familiarizarme con el proceso del PIC y los hechos de 1912. Muy pronto me di cuenta de que aquello no formaba parte de la enseñanza de la Historia ni de los conocimientos compartidos por los cubanos de ninguna raza. Después supe que casi no era objeto de los estudios históricos.

La insurrección de los años 50 promovió un igualitarismo suprarracial en sus filas, y extendió esa proclamación a toda la población cubana cuando se convirtió en una gran revolución triunfante. En las luchas de clases y de liberación de los años 60 la unidad del pueblo revolucionario fue exaltada como una virtud política superior; la fraternidad entre los cubanos de las más diferentes razas y procedencias sociales se consideraba un ideal de pronta realización, y un anuncio claro de que éramos efectivamente comunistas. La descalificación del racismo consistió sobre todo en execrarlo como una lacra del pasado, en acciones y prácticas que brindaran oportunidades iguales, y en la confianza de que el avance del socialismo iría eliminando los defectos individuales y los rezagos sociales.

En los años 60, algunas publicaciones se refirieron a los eventos de 1912 como parte de un pasado altamente condenable. Pero no se adelantó mucho en el análisis de su significación y lugar en la historia del racismo y de la dominación capitalista en Cuba. Después, 1912 volvió a las sombras en la cultura histórica que se socializa. Sin embargo, comenzaba a desarrollarse su investigación historiográfica por un número creciente de autores extranjeros y cubanos, quienes en los últimos años han llevado muy adelante los estudios sobre este tema, y ya han aportado una bibliografía realmente apreciable.

La Historia en Cuba tiene su propia historia, como todo lo demás. En ella han coexistido, y hang debatido, tendencias que privilegian la dimensión nacional en sus temas y en sus interpretaciones, con otras que valoran la importancia de la diversidad social, los grupos, sus relaciones y contradicciones, para comprender la nación y el proceso histórico. En los últimos años han ido ganando espacio estas últimas tendencias. Si ellas consiguen integrar los aportes tan notables que se están produciendo en muchas monografías acerca de los más variados asuntos, con la asunción de temas y programas acertados de Investigación y con debates y profundización acerca de las interpreta-clones históricas, los resultados serán sumamente positivos para la ciencia histórica y para la sociedad cubana.

Una nueva calidad y utilidad en el conocimiento será el tributo más valido a los trabajos de pioneros como Serafín Portuondo Linares. Los Independientes de color, la gran represión racista de 1912, como otros asuntos relacionados con la historia de las construcciones raciales en nuestro país, podrán ser examinados con aproximaciones y preguntas más precisas y ricas, con instrumentos más desarrollados, con un mejor aprovechamiento de las fuentes, más nexos entre las disciplinas sociales, y poniendo esos asuntos en reales vínculos con otros aspectos fundamentales de la sociedad, y sus cambios y permanencias. La Historia no sólo tiene sus trabajos y sus verdades: también tiene siempre funciones sociales. Con la publicación de esta obra, y non los avances de la Historia en estos temas, además de lograr rescatar una memoria y hacer que forme parte de la conciencia nacional compartida por todos, avanzaremos más en la lucha contra las manifestaciones de racismo en la Cuba actual, en la comprensión del carácter plural de la cultura nacional, de sus componentes, y en convertir cada vez más en fuerza nuestra la riqueza compleja que está en la base de la manera de vivir y del proyecto que defendemos.

FERNANDO MARTÍNEZ HEREDIA

La Habana, octubre de 2002

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