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Fernando Martínez Heredia

Profesor de Filosofía en la Universidad de La Habana, de 1963 a 1971, y Director del área y miembro del Consejo Universitario de 1966 a 1969. Desde 1991 es Profesor Titular Adjunto de la Universidad de La Habana.

Trabaja en el Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana "Juan Marinello", del Ministerio de Cultura. Presidente de la Cátedra de Estudios "Antonio Gramsci", de esa institución. Desde 1964 ha realizado o participado en investigaciones sociales.

Director General, Cuban Institute of Cultural Investigation, Centro Juan Marinello

Biografia, Cubarte

Biografia oficial, La Haine

Palabras en la inauguración de la Comisión por el Centenario de la fundación del Partido Independiente de Color - La diversidad social no es una debilidad de la nación sino una instancia muy importante de su riqueza:   Fernando Martínez gave a speech at the ceremony on 12/26/07 creating the National Commission for the commemoration of the founding of the Independents of Color. He is President of the Commission.  La Jiribilla, 2/2/08

Prologo a Los Independientes de Color - Historia del Partido Independientes de Color (1950) por Serafin Portuondo Linares

Palabras en la inauguración de la Comisión por el Centenario de la fundación del Partido Independiente de Color  --  La diversidad social no es una debilidad de la nación sino una instancia muy importante de su riqueza

Por: Fernando Martínez Heredia 
La Jiribilla
02 de Febrero, 2008 

Queridos compañeras y compañeros:

Mucho me honra la encomienda recibida, y parece magnífica la compañía, el equipo y las colaboraciones que se están convocando para las labores de esta Comisión. Paso a abordar el tema que me toca esta tarde.  

La gran economía exportadora que hizo avanzar tanto materialmente a Cuba durante el siglo XIX se levantó sobre la esclavización masiva de un millón de africanos, el contingente principal de trabajadores de aquel modo de producción. Fue una forma horrorosa de explotación y despojo cultural, que plasmó un orden social de opresión, profundas desigualdades, castas y racismo antinegro. Ese orden era la antítesis de los grandes avances técnicos, empresariales, de pensamiento, literarios y artísticos de aquella época, pero fue a la vez el que proveyó el suelo material que los viabilizó. Esas contradicciones terribles no encontraron una forma evolutiva de ser superadas, porque la clase dominante de Cuba sólo atendió en última instancia a la ganancia capitalista y a conservar su poder social, por lo que defendió siempre el sistema que le permitía ser explotadora y no vaciló en ser antinacional cada vez que fue necesario. 

Fueron las insurrecciones armadas populares entre 1868 y 1898 las que crearon una nueva situación. La Revolución del 68 unió el abolicionismo y el independentismo, y forjó lazos entre las razas basados en la sangre, el sacrificio y el heroísmo compartidos. La Revolución del 95, con su guerra popular libertadora y el sacrificio en masa del pueblo de Cuba para vencer al colonialismo español, atacó a fondo el orden colonial y desarrolló las relaciones fraternales entre las razas, el respeto mutuo y el ideal de la igualdad de todos ante la ley y en la vida social. Décadas de evolución y reformas nunca hubieran conseguido lo que lograron esos años de combate y movilizaciones. En aquella guerra los negros y mulatos tuvieron una extraordinaria participación. Pero la intervención imperialista y la ocupación frustraron la revolución y recortaron la soberanía, y la república de 1902 quedó bajo la nueva dominación neocolonial y de la burguesía cubana, cómplice y subordinada al imperialismo.

Cuba obtuvo su independencia republicana y la gente del pueblo logró su ciudadanía, pero en esas condiciones no hubo cambios sociales que favorecieran a la masa trabajadora ni a los pequeños agricultores. Los cubanos negros y mulatos sufrieron de manera permanente la situación social muy desventajosa en que los dejaron la esclavitud y el colonialismo, y carecían de posibilidades para presionar, negociar y obtener sus derechos. El racismo logró conservar una gran fuerza, tanto en la vida laboral y social como en el mundo político. Era una gran contradicción con los ideales de la gesta mambisa y con el carácter democrático que debía tener la república. El malestar entre los antiguos combatientes y entre la población negra y mulata se expresó muchas veces en esos primeros años del siglo.

El movimiento armado liberal de 1906 contra la reelección de Tomás Estrada Palma llenó de esperanzas a los antirracistas; muchos negros y mulatos participaron en él. Pero pronto los políticos liberales demostraron que eran iguales a los desplazados, en cuanto a intereses mezquinos y racismo. Entonces un grupo de activistas decidió fundar una organización con propósitos políticos, fuera de los dos partidos principales del sistema, que defendiera los intereses de los no blancos. 

El 7 de agosto de 1908 se fundó la Agrupación Independiente de Color, en La Habana. Presidió el acto el veterano Evaristo Estenoz Corominas y fue secretario el periodista Gregorio Surín. Después de las elecciones de noviembre de aquel año, realizaron un fuerte trabajo organizativo; pronto se constituyeron como Partido Independiente de Color en casi todo el país, y llegaron a tener miles de simpatizantes y seguidores. En febrero de 1910 se les unió el coronel Pedro Ivonet, un héroe mambí de la Invasión y de la campaña de Pinar del Río, que asumió la presidencia del partido en Oriente.

El nuevo partido organizó su actividad utilizando las vías legales de expresión pública y electorales. Como tantos otros negros y mulatos, los independientes ligaron su nacionalismo republicano y democrático a sus reclamos y esfuerzos por lograr ascenso social y derechos civiles como hombres y mujeres “de color”, pero trataron de alcanzar estos y enfrentarse al racismo mediante la militancia política, como un arma que teóricamente estaba a su alcance dentro de las normas del sistema. Llamo la atención hacia las demandas de su programa, porque ellas eran muy avanzadas e iban mucho más allá de la dimensión racial. Los independientes se identificaron siempre como cubanos, y recababan una república soberana, igualitaria, defensora del empleo para los nativos, el retorno a Cuba de los emigrados económicos y la inmigración sin discriminaciones raciales. Abogaron por la jornada laboral de ocho horas y tribunales del trabajo para ventilar los litigios entre trabajadores y patronos; repartos de tierras del Estado y otras que se adquirieran a los cubanos pobres que las trabajaran y defensa de los agricultores contra los geófagos. Reclamaron enseñanza gratuita a todos los niveles y control estatal de la educación, cambios en la administración de justicia y el régimen penitenciario que favorecieran la equidad y la educación de los pobres, y otras medidas que trascendían las cuestiones raciales.

Los independientes estuvieron entre los cubanos que criticaban el predominio de Estados Unidos, la usurpación del territorio de la base de Guantánamo y el racismo vigente en ese país. Pero las relaciones entre el nacionalismo y la cuestión racial fueron complejas e inciertas, porque el racismo expresaba descarnadamente el retroceso del país respecto a las prácticas y el proyecto revolucionarios del 95. El conservatismo social era el contrapeso necesario ante la existencia de la república y del liberalismo económico. El patriotismo debía ser ciego frente a las razas, y por tanto mudo ante las injusticias por razones raciales. La idea misma del riesgo de perder la soberanía a manos de los Estados Unidos se asociaba a la intangibilidad del orden existente y a la condena de todo movimiento que lo amenazara de modo real o supuesto. El interés nacional pudo levantarse como un muro frente a las demandas y las organizaciones de lucha social o racial, y coincidir en esto dominantes y dominados. Eso no fue una mera imposición. La nación tenía sentido y valores sumamente importantes para las mayorías del país. Por eso la mayor parte de las personas “de color” estuvo ajena o rechazó las actuaciones políticas basadas en la raza en el caso de los independientes de color, aun durante el gran crimen de 1912. Unos tenían sin duda poca conciencia, pero muchos no estaban de acuerdo con la movilización racial como base de la actuación política.

Todo lo enfrentaron los miembros del PIC entre 1908 y 1912. La indiferencia o la incomprensión, pero sobre todo los ataques sistemáticos del poder burgués neocolonial y sus instrumentos. Calumniados de mil formas, acusados cínicamente de racistas, en 1910 se les declaró ilegales políticamente mediante una enmienda a la Ley Electoral (Enmienda Morúa), y se mantuvo presos durante seis meses a dirigentes y activistas. Con una inmensa tenacidad y consecuencia, defendieron su causa en su periódico Previsión y de todas las formas que pudieron, sin entrar en los arreglos politiqueros que eran usuales entonces. Hostigados e impedidos de utilizar la vía electoral, optaron finalmente por lanzarse a una protesta armada el 20 de mayo de 1912, décimo aniversario de la instauración de la república. Su objetivo era exigir la legalización del partido. En Oriente se levantaron miles de independientes con muy pocas armas y sin un real plan de guerra, con Estenoz e Ivonet al frente; en Las Villas también hubo alzamientos.

Aquella táctica resultó funesta. El gobierno de José Miguel Gómez pasó de los rejuegos politiqueros a la movilización de miles de soldados contra ellos, mientras una campaña de prensa muy sucia los satanizaba. Durante junio y julio sucedió un baño de sangre impune, en plena república: fueron asesinados Estenoz, Ivonet y por lo menos tres mil cubanos no blancos, la mayoría en la provincia de Oriente, lo que también sirvió para reprimir a un amplio sector del campesinado oriental que estaba siendo despojado y empobrecido por la expansión capitalista. Una gran ola de represiones, prisiones, persecuciones y una intensificación del racismo antinegro se extendieron por todo el país. La república oficial celebró el gran crimen al final de aquel verano, y lo sometió de inmediato al olvido, una situación que duró casi medio siglo. 

La insurrección triunfante en 1959 propuso a todos los cubanos un igualitarismo suprarracial. Las inmensas transformaciones de la vida, las relaciones sociales y las instituciones crearon bases para que esa propuesta fuera factible. En las luchas y jornadas de intenso trabajo que siguieron, la unidad del pueblo fue exaltada como una virtud política superior. La fraternidad entre los cubanos de las más diferentes razas y procedencias sociales se consideró un ideal de pronta realización, y un anuncio claro de la liberación definitiva. En medio de prácticas y concientizaciones que brindaban oportunidades iguales, el racismo fue descalificado, execrado como una lacra del pasado, y se extendió la confianza en que el avance del socialismo iría eliminando los defectos individuales y los rezagos sociales.

En los años 60, algunas publicaciones se refirieron a la gran represión racista de 1912 como parte de un pasado abominable, pero no se adelantó mucho en el análisis de su significación y su lugar en la historia del racismo y de la dominación capitalista en Cuba. Después, 1912 volvió a las sombras en la cultura histórica que se socializa en el país, aunque fue desarrollándose su investigación historiográfica por cierto número de autores que en los últimos años han aportado estudios realmente apreciables. Sin embargo, la iniciativa del Partido Comunista de crear esta comisión no es hija de esos avances, sino de las realidades, necesidades y proyectos de la Cuba actual. La gran crisis que atenazó al país hace quince años ---y las medidas que exigió su superación—han producido notables cambios en numerosos aspectos de la vida material y espiritual, han afectado los comportamientos, los valores, los modos de vida, las motivaciones, las expectativas. La disgregación social ha sacado a la luz numerosas diversidades –y en algunos casos las ha promovido--, pero no estamos mirando esos procesos con temor. La diversidad social no es una debilidad de la nación sino una instancia muy importante de su riqueza. No se trata de admitirla, o llegar a tolerarla, hay que comprenderla como una fuerza con potencialidades extraordinarias. El camino socialista se hará fuerte y se profundizará si es capaz de asumir esas diversidades y vivir con ellas, de conducirlas y aprender de ellas al mismo tiempo, de respetar sus identidades y atender sus demandas a la vez que les pide contribuir a la empresa de todos y entregar buena parte de sus virtudes y su trabajo a la comunidad. La cuestión racial se ha ido levantando en estos años. Volvemos a constatar que son negros y mulatos una parte apreciable de los que están o quedan en mayor desventaja, y que el racismo muestra su vitalidad cuando se aflojan los vínculos de solidaridad y los valores socialistas. En la sorda pero tremenda pugna cultural que está en curso entre esos vínculos y las relaciones y valores del capitalismo, está claro donde se situarán los que tengan conciencia de su posición social y del proyecto que deben defender. Hoy una parte de los cubanos son por sobre todo cubanos, como lo fueron los independientes de color de hace casi un siglo, pero se identifican a sí mismos también como negros y mulatos. Necesitamos que esas identidades y esa conciencia marchen unidas, y sean una fuerza de la revolución socialista y su proyecto. Y esto, como todas las cosas importantes, es muy difícil en su realización práctica.

Esta Comisión tiene el deber de poner un grano de arena en esa obra, hoy que no hay tiempo que perder, porque cada vez más cubanas y cubanos quieren tener actividades cívicas y conocimiento de lo político, quieren participar directamente. Le toca a esta Comisión ayudar a recuperar la memoria histórica de una etapa de las luchas y afanes del pueblo cubano por sus derechos y su liberación de todas las dominaciones, darle de ancho a una parte de la conciencia nacional y ayudar a comprender mejor el avieso y tenaz lastre cultural que significa el racismo en nuestro país. Debe auspiciar así la comprensión del carácter plural de la cultura nacional, y la conversión de esa riqueza compleja en una fuerza mayor en la base de la manera de vivir y del proyecto que defendemos. Debe rescatar los aportes y los sacrificios que padecen olvido, exaltar a los humildes de todos los colores, que han sabido dar la sangre o el sudor, una y otra vez, sin pedir pago por ello, para crear y desarrollar la riqueza, la libertad y la justicia en esta nación. Debe recabar el concurso de todos para rendir homenaje a los mártires de ayer y promover la fraternidad verdadera entre los cubanos de hoy, y debe contribuir a la unidad de todos con la humildad y la eficacia de sus labores y con la altura de sus fines. Si trabajamos hermanados, con organización y sin desmayo, y avanzamos por ese camino, cumpliremos bien esta tarea.

Muchas gracias 

Fernando Martínez Heredia
Presidente de la Comisión.

www.lajiribilla.cu/2008/n352_02/352_12.html

El discurso ese fue tambien publicado aqui:

www.cubarte.cu/global/loader.php?cat=actualidad&cont=showitem.php&id=5880&tabla=entrevista&seccion=&tipo=

www.prensalatina.com.mx/article.asp?ID=%7BA868DD09-D6D3-497E-80E8-E01564C9FFC8%7D)

 

Fernando Martínez Heredia
Cubarte
www.cubarte.cult.cu/global/loader.php?cat=actualidad&cont=autor.php&autor=323
Artículos publicados
 Se graduó de Doctor en Derecho en la Universidad de La Habana en 1963. Realizó estudios postgraduados en Filosofía durante 9 años. Profesor de Filosofía en la Universidad de La Habana, de 1963 a 1971, y Director del área y miembro del Consejo Universitario de 1966 a 1969. Desde 1991 es Profesor Titular Adjunto de la Universidad de La Habana. Ha cursado numerosos estudios y postgrados en diversas disciplinas sociales. Profesor de Postgrados de Filosofía y de disciplinas sociales en diversas instituciones desde 1966 hasta hoy; ha impartido conferencias en otros Postgrados. Ha sido docente en el Seminario para Investigadores Invitados del Departamento Ecuménico de Investigaciones de Costa Rica (1996) y en dos Cursos de la Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo de Buenos Aires (mayo-junio 2000 y febrero 2001). Ha impartido conferencias en numerosas instituciones académicas cubanas y de otros diecinueve países.

Investigador Titular desde 1985. Trabaja en el Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana "Juan Marinello", del Ministerio de Cultura. Presidente de la Cátedra de Estudios "Antonio Gramsci", de esa institución. Desde 1964 ha realizado o participado en investigaciones sociales. En la Universidad de La Habana (1971-73), el Centro de Estudios sobre Europa Occidental (1976-79) y el Centro de Estudios sobre América (1984-1996). Investigador Invitado en el Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Humanidades, de la Universidad Nacional Autónoma de México, en 1994. Es colaborador del Seminario Problemas del Mundo Actual del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM, desde 1990. Fue miembro del Comité Ejecutivo de la Asociación Latinoamericana de Sociología (ALAS), en 1997-1999. Miembro de las Cátedras Ernesto Che Guevara de FLACSO/Cuba y de las Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo.

Desde 1964 ha realizado o participado en investigaciones de carácter diverso, sobre múltiples problemas cubanos --sociales, económicos, políticos, ideológicos, de pensamiento--, y también sobre el proceso histórico de la nación cubana en general, y de las clases, razas y otros grupos sociales en ese proceso. Para instituciones y organismos cubanos llevó a cabo durante más de tres décadas investigaciones sobre gran número de temas latinoamericanos, entre ellos: movimientos sociales, guerra revolucionaria y contrarrevolucionaria, agrupaciones y pensamiento religiosos, partidos políticos, situaciones de países. Durante 8 años investigó la historia y los procesos contemporáneos de Nicaragua.

Fue el Director de la revista teórica mensual Pensamiento Crítico (La Habana, 1967-1971). Dirigió el Boletín Azúcar, del Ministerio del Azúcar cubano (1975-76). Es miembro de los Consejos de las revistas América Libre (latinoamericana), Caminos, Debates Americanos y (Cuba), y Anuario de la Fondazione Che Guevara (Italia). Ha sido jurado de numerosos Premios de materias sociales, nacionales e internacionales, incluidos los de Ensayo de Casa de las Américas y de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, y el Premio Nacional de Ciencias Sociales.

Ganó el Premio de Ensayo de Casa de las Américas en 1989. Es miembro de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba y de la Unión Nacional de Historiadores; miembro de honor de la Asociación Hermanos Saíz. Posee la Orden "Por la cultura nacional" (1996).

Sus libros más recientes son: Repenser le socialisme y Repensar el socialismo (ediciones en francés y en español), Editorial CIDIHCA, Montreal, 2001; y El corrimiento hacia el rojo, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2002 y 2003.

Es coautor de ocho libros y autor de capítulos en otros. Ha publicado más de doscientos textos, entre ensayos y artículos, en Cuba y en numerosos países.

www.cubarte.cult.cu/global/loader.php?cat=actualidad&cont=autor.php&autor=323


La biografía oficial de Fernando Martínez Heredia

La Haine
20.02.06
http://lahaine.org/index.php?p=12657

Julio César Guanche

La obra de Martínez Heredia es patrimonio de las ideas de izquierda en Cuba, de cómo puede y debe pensarse la renovación del socialismo, de las maneras revolucionarias de interpretar a Che Guevara y de vivir con los ideales a cuestas, de cómo analizar el país que es Cuba e imaginar el que debiera ser

Prólogo al libro de Fernando Martínez Heredia, En el horno de los noventa

Antes de 1789 el editor de El contrato social, de Jean Jacques Rousseau, apenas había conseguido vender unas pocas docenas de sus ejemplares. La toma de la Bastilla le haría entonces el extraordinario favor de convertir al libro en objeto de culto, ante la necesidad de los nuevos ciudadanos de representarse el sentido del cambio y pensar sus consecuencias.

En Cuba, dos siglos después, la pérdida de referentes ideológicos dejada por el desplome del Muro de Berlín -generador de una crisis fundamental en la historia de la Revolución cubana- y de su cosmovisión, hizo el extraordinario favor de hacer ver en la posibilidad de "un estado nacional pensante" -como le llamaría Cintio Vitier-, la tabla de la salvación revolucionaria. Este proceso, iniciado en 1986 con el "Proceso de rectificación de errores y tendencias negativas", convocado por Fidel Castro en contra del curso político que estaban siguiendo los regímenes de Europa del Este, continuado por la convocatoria al IV Congreso del Partido Comunista de Cuba en 1991, sería sucedido durante la primera mitad de los noventa por revistas, centros de investigación, universidades y una zona del campo intelectual, en pos de debatir una renovación de la revolución que buscó fundamentar el socialismo sobre bases distintas a las que sostuvieron el modelo ideológico cubano entre 1971 y 1986, a esa altura en crisis terminal.

La posibilidad de pensar la revolución de un modo abierto entre posiciones revolucionarias diversas y con similar legitimidad, no se daba en Cuba desde la década de los sesenta del siglo xx: años de la puja por hacerse de un espacio propio en el concierto político internacional. Los análisis sobre el presente revolucionario y sus frutos intelectuales más trascendentes provinieron entonces en gran medida de la ciencia social foránea, mientras los productos de la reflexión sociológica cubana, que pudieron haber gestado un cuerpo de pensamiento socialista nacional de cara a su tradición y a su futuro, no alcanzaron los resultados esperables, al cancelarse, hacia inicios de la segunda década revolucionaria, el espacio de libertad, participación, espíritu científico y debate, consustanciales a la producción de conocimiento social, como consecuencia de la nueva inserción de Cuba en el contexto internacional. De este nuevo período, que duró hasta la segunda mitad de los ochenta, apenas existe libro que salvar de un naufragio -en el ámbito del pensamiento social-, salvo casos aislados de ensayos como Caliban, de Roberto Fernández Retamar, y Ese sol del mundo moral, de Cintio Vitier. El resultado proveniente de esa nueva coyuntura hacia el campo intelectual fueron unas ciencias sociales -por un lado- incapaces -y, por otro-, imposibilitadas de pensar y proyectar la revolución, amén de provocar la despolitización y el rechazo de una parte importante de la intelectualidad hacia el marxismo.

Pensar la revolución desde Cuba es la perspectiva que reinaugura la nueva coyuntura posterior a 1986, pero sobre todo, ya al interior de los noventa. Resultado de aquel "estado nacional pensante", además de lo publicado en revistas de la época, Cuadernos de Nuestra América, Temas, La Gaceta de Cuba y Contracorriente, apareció la primera edición, argentina, de En el horno de los noventa, compendio de ensayos de Fernando Martínez Heredia, junto a otros dos libros de intenciones similares: Resistencia y libertad, del propio Cintio Vitier, y Mirar a Cuba, de Rafael Hernández. Estas publicaciones recolocan en la discusión sobre la revolución, desde un enfoque nacional, heterodoxo y socialista, temas fundamentales de la tradición marxista, como el perfil del intelectual revolucionario, los problemas de la nación y el nacionalismo, y la naturaleza del socialismo y de la teoría marxista.

Aunque bien planteado, el enunciado de tales cuestiones arrojaba al menos dos graves problemas: La renovación que debía corresponder, según el dictum de lo generacional, a los noveles, vino en los noventa de manos de intelectuales formados en los años sesenta o con anterioridad a esa fecha, y en el campo de la literatura retornaron como cánones figuras de la década del cuarenta. Con ello, las ideas "más renovadoras" venían siendo discutidas desde los sesenta. Sin embargo, el balance colectivo de esa primera década revolucionaria -aquella en la que se definió el rumbo de la revolución y sus escenarios de futuro hasta hoy-, quedó pendiente en los noventa.

La personalidad y la historia

Fernando Martínez Heredia representa, como pocos de su generación, el límite de las definiciones que supone la década de los sesenta en Cuba: ni dogmático ni liberal; ni reformista ni ortodoxo. Militante del Movimiento 26 de Julio, graduado de Derecho, formado como profesor de Filosofía de modo emergente en la Escuela Raúl Cepero Bonilla; desde 1966 director del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana (disuelto en 1971), y director fundador de la revista Pensamiento Crítico en 1967 hasta su clausura en 1971, representa un ejemplar típico de intelectual orgánico de la revolución que, comme il faut, fuera en los sesenta un cuadro político e intelectual de toda confianza; en los setenta, un proscrito; en los ochenta, alguien de cuidado; y en los noventa, un intelectual herético y orgánico a la vez.

Ahora, para trascender el uso, ora vergonzante ora vicioso, de esa biografía y no servir más alegorías sobre ella, hay que alcanzar de una vez una conclusión sencilla: la biografía intelectual de Martínez Heredia, con sus posibilidades de expresión, ha tenido los marcos propios con que ha operado uno de los contenidos de la Revolución cubana: el ideal libertario, nacional, latinoamericano y tercermundista, anticolonial y anticéntrico, provisto así por un pensamiento crítico proyectado tanto hacia las estructuras de la dominación capitalista como hacia sí mismo, hacia sus propias formas de intelección y de manejo de la realidad. Los temas, los enfoques y las fechas que fueron integrando la trayectoria intelectual de Martínez Heredia después de 1971 -la publicada y conocida en Cuba-, dan cuenta de las posibilidades de ese tipo de pensamiento y de sus mudanzas: La educación superior cubana (1972), Los gobiernos de Europa capitalista (1977); Desafíos del socialismo cubano (1988); Che, el socialismo y el comunismo (1989) -libro con el cual ganó el Premio Extraordinario Casa de las Américas, hecho coincidente con la recuperación guevarista por parte de la ideología revolucionaria, que marchó al compás del "Proceso de rectificación de errores y tendencias negativas" iniciado en 1986-; y El corrimiento hacia el rojo (2001), primera antología de ensayos suyos que se publicara en el país.

Cuando la revolución es, en efecto, una denuncia esencial contra la vida vigente, casi nunca puede aspirar a otra estabilidad que a la de poder ver el amanecer del día siguiente: cada mañana está al borde del triunfo o del colapso. "He estado callado, sobre este tema, durante muchos años" -dijo Martínez Heredia sin encono, en paráfrasis de fray Luis de León-, cuando El Caimán Barbudo lo invitó a hablar en 1999 sobre la historia inicial de esa revista en los sesenta; después, ha resultado orador oficial en cuanto evento se ha celebrado en los últimos años.

Sin embargo, no hay "evolución" en este devenir, sino tres posibles corolarios: uno, del tipo romántico: "¡oh, vida de avatares, qué han hecho con él!"; el segundo, del tipo meliorista: "esos problemas corresponden a un pasado de contradicciones, definitivamente superado por el estadio presente"; y, el último, del tipo revolucionario: la vida de Fernando Martínez ha transitado, con todos sus eventos, "el curso que resulta normal para un intelectual revolucionario en un país en revolución".

Si se asume como un corolario revolucionario, el mutismo referido por Martínez Heredia implica dos negaciones y ninguna evolución: el rechazo a la actitud de Mirabeau, de negociar con la realeza al tiempo que se milita en la revolución; esto es, negarse a pactar con quienes requerían su biografía para hacerla servir a la narrativa de cómo el cadáver de la Revolución cubana fue sepultado en 1971 bajo la losa del CAME, y el rechazo a la doctrina del "he vivido" de Sieyés, la del silencio que busca ver pasar el tiempo, sobrevivir, y mudar la piel en cada estación del camino. Si la palabra y el silencio expresan lo mismo, no hay evolución: hay consecuencia. Toda la lucidez y la credibilidad de lo que dice hoy Martínez Heredia, y dice mucho, provienen de esa actitud; es la consecuencia que atraviesa su biografía lo que convierte en útil y práctico su pensamiento y no le da ocasión al anacronismo.

Una herejía oficial

Al mismo tiempo, esa conclusión confirma que la herejía de Martínez Heredia, hasta donde de veras ha sido, es la misma de la revolución, de la historia de cómo esta ha podido afirmar la autonomía de su proyecto en medio de las tensiones e impedimentos encontrados en caminos de hierro. De no ser así, Martínez Heredia solo podría ser considerado un hereje por aquellos que entienden la crítica como algo externo al pensamiento -idea que proviene tanto de la ignorancia como de la regimentación del saber- y no como la tarea de revelar lo constituyente de la realidad, de la estructura de lo social a través del examen del poder que lo instaura. Trayectorias intelectuales como la de Martínez Heredia ejemplifican cómo el pensamiento crítico no puede aspirar a ser herético, sino únicamente a ser naturaleza en el contexto de una cultura del socialismo. A su vez, el autor de En el horno de los noventa puede ser considerado oficialista solamente por aquella visión empobrecedora y autoritaria sobre la política, que considera a la intelectualidad, al Estado, a la sociedad civil, al Partido y a las organizaciones de diverso signo como un todo sin discernimientos, una masa compacta en que todo es lo mismo.

Nada hay nuevo bajo el sol. Si Marx, y Heine antes que él, calificó a Kant de "filósofo de la Revolución francesa", fue porque este pensó la revolución mientras los franceses la hacían. El tipo de intelectual que el sabio de Königsberg personifica, de vida contemplativa y sometido a los rigores del ascetismo y el celibato, son contrarios al ideal revolucionario, a la plaza de excesos que constituye una revolución. El temperamento agónico de Rousseau, su paranoia, su carácter intempestivo e insoportable, tienen tanto que ver con el uso que de él hizo la Revolución francesa, como sus ideas acerca de la Constitución de Córcega o sobre el gobierno de Polonia.

Luego entonces, las facetas de profesor y cuadro político, trabajador de la industria azucarera, diplomático y subversivo, investigador a tiempo completo, "nuestro hombre en La Habana" de los foros sociales internacionales, y las cualidades de "hereje" y "oficialista" que integran la biografía de Fernando Martínez, forman parte de su pensamiento tanto como sus ensayos, y forman parte por igual del uso que las lecturas sobre la revolución pueden hacer de su obra.

La obra de Martínez Heredia, por ello, y no a pesar de ello, compone un resultado típico de la Revolución cubana. Ella expresa sus afirmaciones y contradicciones, sus avances y sus límites, todas sus audacias y también sus prevenciones. Pertenece a la revolución tanto como cualquier otra de sus múltiples realizaciones. Es patrimonio de las ideas de izquierda en Cuba, de cómo puede y debe pensarse la renovación del socialismo, de las maneras revolucionarias de interpretar a Che Guevara y de vivir con los ideales a cuestas "como si fuesen las llaves de la casa del espíritu", de cómo analizar el país que es Cuba e imaginar el que debiera ser.

No obstante, un marxista ortodoxo

Con todo, su pensamiento, más que su "ensayismo", no goza del seguimiento que debiera; pero tampoco conservan hoy en Cuba su antiguo esplendor el marxismo, el pensamiento crítico y las perspectivas de conocimiento latinoamericanas y tercermundistas. En 1789, Camilo Desmoulins dijo que los republicanos de París no llegaban a diez. No es posible saber cuántos intelectuales se dedican hoy en la Isla a los problemas de investigación que ocupan el tiempo de Fernando Martínez, aunque sí es notorio que la ortodoxia marxista que él entraña no es central en las perspectivas con que se interpretan los problemas de Cuba y América Latina desde la atalaya política e intelectual que es una revolución.

Ahora, esa ortodoxia marxista desde cuyo punto de vista puede considerarse a Trotsky el último gran ortodoxo del marxismo -que es la recurrencia a los temas y enfoques clásicos de esta filosofía y no la mal llamada ortodoxia marxista de prosapia soviética-, ¿por qué habría de ser central en los análisis cubanos para interpretar los problemas del mundo de hoy? Después de los marxismos "histórico", "estructural", "analítico", "de la elección racional", "de orientación empírica", "hegeliano", del "neo" y el "posmarxismo", entre tantas tendencias, mucho se ha recreado esa doctrina como para proseguir de aquellos modos.

Sin embargo, el enfoque sostenido por Martínez Heredia muestra que hay temas en los que el abandono de la perspectiva "ortodoxa", en lugar de provocar adelantos teóricos, provoca rendiciones intelectuales e incapacidad de comprender. En esa línea, la misma de otros marxistas que le son cercanos, como Pablo González Casanova, Atilio Boron, Emir Sader, o Jorge Luis Acanda y Desiderio Navarro, en Cuba, se encuentra el tratamiento de temas tan centrales como el del imperialismo, el poder, y el Estado.

Del sentido común

Martínez Heredia tituló uno de sus primeros ensayos "El ejercicio de pensar" y, por lo que subraya, pudiera ser ese el título de su obra toda. Decía Kant, que cuando la teoría no sirve a la práctica, no significa que la teoría sea inútil, sino que no hay teoría bastante: es necesaria más (y mejor) teoría para que resulte útil. Con su ejercicio intelectual, Martínez Heredia pone en primer plano una dificultad grave de la producción ideológica contrahegemónica al capitalismo: la necesidad de pensar y de hacerlo teóricamente, pero también la de conectar esa reflexión con el ámbito de la formación del sentido común y de la toma de decisiones a nivel individual.

El interés de Fernando Martínez en los debates pedagógicos de los primeros años de la Rusia soviética; en las ideas de Trotsky sobre la vida cotidiana de los obreros; en las prácticas políticas de Lenin y en "cada papelito que escribió después de 1917"; en los hábitos de los soldados de Che Guevara, una vez posesionados de la fortaleza de La Cabaña; en la reproducción ideológica de los límites aceptables de la vida cotidiana bajo el capitalismo, entiende bien aquella idea de Gramsci según la cual el nivel más alto de producción intelectual es la ideología; el más bajo, el folclor, y que en el medio, para relacionarlos, está el sentido común.

En esta cuestión -que no es producto exclusivo del pensar marxista, pues ya David Hume hablaba de un mundo culto como la norma intelectual más alta y del mundo de la conversación como la más baja, proponiéndose él mismo, astutamente, como mediador entre ambos- se encuentra el territorio decisivo de lucha por la hegemonía, allí donde se aprende a desear y a rechazar. Así concebida, es una verdad comprensible, pero tiene el difícil corolario de hacer vincular en los hechos la ideología socialista con los medios de masas, las universidades con las revistas, los centros de investigación con los periódicos, en pos de una cultura que se haga cuerpo en la arquitectura mental de las personas.

El contexto cubano de 2005 es bien distinto al de los noventa. Hay más lectores hoy en Cuba para un nuevo Contrato social. Nadie ha invocado "un estado nacional pensante", pero tampoco hay nada que se parezca a pobreza en el campo intelectual del país. Existe una fuerte tensión entre la realidad de desarrollo intelectual y de crecimiento exponencial del número de los "intelectuales" y las posibilidades reales de expresarse, participar y decidir en los diversos ámbitos de la vida del país, que deben también reproducirse y ampliarse en la misma escala. En el horno de los noventa alumbra esa y otras tensiones.

Esta segunda edición -primera en Cuba- a la altura de 2005, no tiene pudor en mostrar las limitaciones del libro: cierta desactualización teórica, algunas repeticiones y el hecho de que varios de sus trabajos, derivados de charlas y conferencias, no muestran la buena pluma y contundente concisión del autor. Sin embargo, es un documento hacia el futuro: aspira a contribuir a entender la revolución, a fijar el pasado en las coordenadas de cómo los cubanos se apropiaron de su país, a servir de testimonio de cómo se puede conjurar una crisis sin perder el sentido popular del ideal revolucionario, a imaginar el camino de lo que no debe ser más y habrá que cambiar definitivamente, a entender cómo relacionar el saber con el poder, y el poder con el proyecto en los futuros posibles que tienen ante sí los cubanos, y a que estos superen por la izquierda cualquier cambio por revolucionario que parezca. Son aspiraciones altas, pero sin buscar la expansión del campo de "lo posible", como dicen Martínez Heredia, y Jean Paul Sartre, y José Lezama Lima, no hay ya un nuevo lugar donde llegar.

En el horno de los noventa es la propuesta de Martínez Heredia sobre cómo disputarle en toda la línea el puesto de árbitro del sentido común a Hume, esto es, al intelectual orgánico de la dominación capitalista, de cómo ocupar el lugar desde donde este tipo de intelectual enuncia con mayor eficacia su discurso. Allí donde el autor de Tratado de la naturaleza humana se ofrece como mediador para traducirle al mundo "femenino" de la conversación los arcanos del mundo culto, para legislarle al mundo de la polis, las reglas del prestigio, la exclusión y el poder, Martínez Heredia, afirma que ahí es preciso situarse para expresar, y sobre todo, para ser creído, que se puede aspirar a la liberación total, una liberación tal que tiene que ser liberación del poder militar, de su capacidad de coerción, de la propiedad privada, del respeto a la propiedad privada, del poder espiritual, de la subordinación de los sexos, de la subordinación de las razas, de la acumulación de todas las jerarquías creadas antes del capitalismo y puestas de otra manera por el capitalismo, pero usadas por él también.1

De esta condición, nos dice Martínez Heredia, depende nada menos que la suerte del "reino de todavía": el fin de todas las dominaciones, la forma de las revoluciones que vendrán.

Julio César Guanche
Ciudad de La Habana, 10 de agosto de 2005


Nota

1. "El Che Guevara: los sesenta y los noventa", En el horno de los 90, Ediciones Barbarroja, Buenos Aires, 1999, p.105.

Fuente: La Haine

http://lahaine.org/index.php?p=12657

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Prologo a Los Independientes de Color - Historia del Partido Independientes de Color  de Fernando Martínez Heredia

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