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New novel by Marta Rojas, 9/3/09, Granma

Carlota la rebelde, 11/05

Carlota the rebel, 11/05, Granma

Una fugaz mirada a los "noventa" y un comentario sobre "El harén de Oviedo", 7/15/04

Santa Lujuria, a novel

El Columpio de Rey Spencer, novel

Presenta libros y expone Nancy Morejón Sobre actual cultura caribeña y otros temas, 7/5/01

Congreso de Cultura y Literatura Afrohispánica 2000, dedicated to Marta Roja

Marta Rojas

Marta Rojas is an author and journalist with long experience dating back to her coverage of the Moncada trials in 1953. Her first novel, El Columpio de Rey Spencer (Rey Spencer's Swing) was followed by a second, Santa Lujuria, (Holy Lust). Her novels deal in a provocative and ironic style with the themes of the foundations of Cuba from mestizaje and the struggle of many mestizos for "el blanqueamiento," the whitening, at any price, since the 18th century.

 She won the Premio Nacional de Periodismo (National Journalism Prize) "José Martí" in 1997 for her life's work.

"Nace en Santiago de Cuba en 1928.Testigo de excepción de los sucesos del 26 de Julio de 1953 en su ciudad natal. Sus reportajes sobre el asalto al Moncada fueron censurados a la revista Bohemia en aquel año.

Trabajó en la Sección en Cuba, de Bohemia. Antes hizo prácticas durante un año en el Canal 11 de la TV. Al triunfo de la Revolución integró el equipo de periodistas del diario Revolución y es fundadora de la revista Verde Olivo (1960-1963). También laboró en la revista Trabajo (1963-1965).

Trabaja en Granma, desde su creación en 1965. Fue Jefa de Información en Granma. Corresponsal de guerra en Viet Nam del Sur. Dio cobertura a viajes del Presidente Fidel Castro a Chile y otros países. Profesora titular adjunta de la Facultad de Comunicación Social. Recibió la Réplica del Machete de Máximo Gómez. Premio Nacional de Periodismo José Martí en reconocimiento a la obra de su vida en 1997. Acreedora de varios importantes órdenes y distinciones. Héroe Nacional del Trabajo de la República de Cuba en 1999. Tiene publicados varios libros, entre ellos Moncada, La Generación de Centenario, El juicio del Moncada, Tania la Guerrillera (coautora) y El que debe vivir (testimonios sobre Abel Santamaría). Es autora de novelas. entre las que se encuentra El columpio del Rey Spencer..

Obtuvo el Premio Nacional de Periodismo "José Martí·" que otorga la UPEC por la obra de la vida en 1997."

"Marta Rojas, escritora y periodista cubana de larga experiencia. Es autora de tres novelas que tratan en un estilo provocador e irónico el tema de la fundación de la nación cubana, a partir del mestizaje y la lucha de muchos mestizos por el blanqueamiento, a cualquier precio, desde el siglo XVIII

La autora ha creado sus obras previa investigaciones profundas en el Archivo de Indias (España) y transmisión oral de generación en generación, como fuentes. Se destaca su maestría, según los críticos, en la reconstrucción de época. Las obras están compuestas de tal forma que es difícil disting

uir lo real de la ficción. A su vez registran la función del erotismo y del sexo en la formación de una sociedad colonial hipócrita. La verdad y la verosimilitud se mezclan en su literatura de este género. Las tres novelas sobre el tema son: Santa Lujuria o Papeles de blanco que lleva ya dos edicione"

Linktops

www.granma.cu/ingles/agosto3/34slu-i.html

www.cubaperiodistas.cu/premios/marti/premio.html

www.afrocubaweb.com/congresoafrohispanica.htm

Una fugaz mirada a los "noventa" y un comentario sobre "El harén de Oviedo", 7/15/04


Mirta Yáñez

A finales del siglo pasado se cerró una etapa, aunque todavía no estemos en condiciones de verlo y se siga dando vueltas sobre lo mismo. En el mundo exterior, excepto para dos o tres trasnochados editores u oportunistas catedráticos, ya se ha agotado el gusto por la literatura de maltrecho lenguaje y aún más maltratados temas sobre el sector procaz de nuestra realidad.

A veces los profesores insistimos, por necesidad didáctica, en generalizaciones que aspiran a establecer tendencias. Pero algunas burdas generalizaciones sobre la narrativa de los noventa han ido creando un equívoco, un sobredimensionamiento. Dudo mucho que la mayoría de los textos narrativos publicados durante esa década confusa y atrabiliaria permanezcan en las historias de nuestra literatura. No creo que haya sido, en general, culpa de los autores. Quiero momentáneamente responsabilizar a las demandas del mercado que solicitaban un tipo de escritura vendible en el exterior y que, entre otras yerbas, comercializara nuestras miserias; quiero culpar a editores inescrupulosos que han pretendido controlar no sólo los temas sino hasta el lenguaje transformando los niños en "pibes" y los carros en "coches"; quiero también culpar a una crítica superficial que, sin jerarquía de valores nítidos, se apoyaba en esta etapa para concurrir con ponencias a cuanto congreso se convoca por esos mundos. Hubo desorientación, euforia poco sustentada ante textos medianos, silencios ante líneas creativas originales, manipulación y, en el peor de los casos, intereses mezquinos.

Nuestro brillante crítico Redonet se hubiera sentido al menos desasosegado si hubiese tenido la oportunidad de saber que aquella tendencia narrativa de mediados de los ochenta que él suponía se dirigía "a reflexionar sobre la dimensión humana del hombre", buena parte se disolvió en un "mirarse el ombligo".

Cuando pase algún tiempo podremos ver con más claridad que en los noventa imperó, por una parte una narrativa que quiero llamar "callejera", apuntando al falso éxito y a la moda, a los facilismos de mostrar de la manera más grotesca y soez posible la sordidez de ciertas áreas de nuestro mundo real, y por otra, una narrativa supuestamente de "experimentación" y ansias crípticas, con una pretensión infantil de desconcertar, libros estos últimos ante los cuales, como en la fábula del sastrecillo valiente, pocos se atreven a decir, "ese autor va desnudo, me aburre, no entiendo nada".

En mucha medida, y no sólo en los libros publicados, sino en los cuantiosos envíos a concursos (por fortuna no salidos a la luz), se notaba en los años noventa una despreocupación facilista por el estilo, personajes mal construidos, tramas narrativas caóticas o mal articuladas, desconocimientos elementales del lenguaje, en definitiva pobreza narrativa y pérdida de objetivos literarios. Trasmitir una emoción, establecer un estilo personal con rigor y gracia no fue lo predominante en los noventa.

Quizás exagero, pero me excusa el hecho de querer equilibrar una balanza que se ha ido demasiado del lado de la alabanza de unos "noventa" que, en mi opinión, terminarán por pasar con más pena que gloria. Por fortuna, durante esos años, la narrativa aprovechó el desbarajuste para abrirse a una variedad estilística y temática (aunque generalmente lo más novedoso no ha sido tomado en cuenta ni por la crítica, ni por algunos de los jurados, ni por el "consenso" de pasillo). Autores hay que no se han dejado deslumbrar por los cantos de sirena de "representantes" ni "buscadores de talento" y han resistido el embate siguiendo su íntima voz interior, sin ceder, algunos escribiendo obras excelentes, otros rumiando hasta volver a encontrar el rumbo.

Así que, lo dicho, se ha saciado una etapa. Sin darnos casi cuenta ya andamos alcanzando la mitad de la primera década de este siglo. Pronto empezarán los pitonisos a decir qué será será.

En estos primeros años ya se ha notado un giro saludable hacia aquello que Redonet anunciaba: reflexionar sobre la dimensión humana. La última novela de Leonardo Padura, La novela de mi vida clava una buena pica en la intención de integrar lo histórico y lo contemporáneo, sin renunciar a ninguno. Los cuentos de Esther Díaz Llanillo recuperan la zona intrigante de lo fantástico que tanto brillo ha dado en el pasado a nuestras letras en el pasado. Un texto todavía inédito de Yamil Montaña insiste en el reflejo del mundo marginal, pero tampoco desdeña el cuidado del lenguaje y la búsqueda de originalidad. El harén de Oviedo de Marta Rojas narra con copioso lenguaje una circunstancia del pasado y organiza un mundo donde el lector termina por involucrarse emotivamente. Por solo poner unos pocos ejemplos del aire de cambio que se siente ya en nuestra narrativa y que deja atrás definitivamente las manipulaciones y falsos conceptos sobre la mal calibrada "narrativa de los noventa".

El interés por la novela histórica se ha puesto otra vez en boga. La posmodernidad rejuvenece este tradicional gusto por la introducción de lo histórico concreto en la ficción al tomar como sujetos a héroes de la cultura popular como Eva Perón o a escritores como Virginia Woolf. En Cuba, durante todas las épocas, la novela de tendencia histórica, en sus diversas variedades, ha estado presente. Recientemente, los mejores ejemplos han sido Reinaldo González con Al cielo sometidos y Mayra Montero con Como un mensajero tuyo con su historia sobre Caruso en La Habana.

Marta Rojas ha ido pacientemente conformando una trilogía que ella prefiere llamar "novelas de época". Las dos primeras aparecen en los noventa como "bichos raros", entre tanto libro tópico con "sexo, mentiras y argumentos de película de sábado". El columpio, de Rey Spencer (primera edición en Chile en 1993 y luego en Cuba en 1996), usa distintos artilugios como cartas, diarios, canciones, informes de navegaciones para dar densidad y verosimilitud a la mezcla de personajes históricos y de ficción. Profusión de datos y conocimiento interiorizado de lo que narra crean un hilo invisible que se lanza hacia nuestra contemporaneidad. Y ojo con el título, esa coma que a veces queda invisible y que posmodernamente enmascara la narración de la historia en un "otro".

Le sigue Santa lujuria (publicada en 1998 y en el 2000). Libro agotado a la venta. Ya se sabe que el interés del lector por comprar no es el único medidor. Pero, por favor, dejemos a un lado el snobismo aristocrático de tan baja estirpe como el populacherismo: que el lector cubano se interese por un libro y decline otros, es un elemento a tomar en cuenta. Al menos, los escritores que se llenan de polvo en los anaqueles debieran detenerse a meditar sobre el asunto. Y los editores también, claro. Literatura es comunicación, es transferencia de sentimientos, es revelación de emociones compartidas. Que un libro no se venda no garantiza para nada que se trate de una excelencia como tampoco su opuesto. En todo caso resulta patético ese interés en crear forzadamente una élite. Las grandes elites auténticas han surgido por una necesidad ineludible del creador. Lo demás es pose.

De Santa Lujuria quiero recalcar la presencia del humor, prácticamente desalojado de nuestra celebérrima "narrativa de los noventa", y aclaro, estoy hablando de verdadero humor, no de pujos o banales chistes que salpicaron algunos textos.

Con El harén de Oviedo, Marta Rojas transita nuevamente por el camino que ha elegido y establece un diálogo entre el pasado y el presente, entretejiendo la intriga en una textura histórica. Con esta novela, presentada en la última Feria del Libro de La Habana, la autora alcanza una madurez narrativa que se nota sobre todo en el control sobre el lenguaje. Publicada en el año 2003 completa esa trilogía que quizás continúe en futuras novelas "de época". En realidad no se si ese sea el mejor término, incluso temo que provoque un encasillamiento que el concepto convoca: personajes de época, vestuario de época, lenguaje de época. Prefiero hacer una perífrasis para decir que esta novela parte de un suceso histórico concreto y conforma a su alrededor un mundo ficcional bien avituallado epocalmente.

La anécdota es, efectivamente, histórica: un harén en Cuba. Y gozosamente novelesca. Enriqueta, la principal protagonista surge de un personaje real, al igual que su padre, don Esteban Santa Cruz de Oviedo, asombroso señor de un serrallo de esclavas en el siglo XIX cubano. Sus descendientes, hijos naturales de este señor, a medio camino entre un padre amoroso y un fachendoso terrateniente con ínfulas de sultán, deciden reclamar sus derechos de herencia capitaneados por la orgullosa primogénita. Dividida en cuatro partes la novela narra, tomando como hilo central los avatares de los intríngulis judiciales de la reclamación legal de los bastardos, la vida en el harén, los desprejuiciados aconteceres amorosos de Enriqueta, sus estudios y refinamientos y hasta sucesos precisos de nuestra historia como la llamada "Conspiración de La Escalera".

Marta Rojas sabe amueblar sus novelas. De manera natural conocemos las bebidas, las canciones, los ropajes, las comidas, todo con un verismo que no desdeña sensualidad e imaginación. Investigadora acuciosa imprime un tono de cotidianeidad que elimina el encartonamiento de las malas (y aburridas) novelas históricas. La detallada recreación de atmósferas y una estructura que organiza bien el material recopilado son dos de las virtudes de esta novela. Así mismo el tratamiento del lenguaje. El lenguaje no se propone imitar los vocablos antiguos, fluye sencillamente, contando una historia, con ocasionales interferencias de un narrador que desde el presente juzga y comenta, a veces con humor. Lo relevante para mi es que la autora logra colocar al lector en aquel mundo. No se trata de una mera escenografía ni una carpeta de recortes históricos, los personajes se mueven vivos, son de carne y hueso y nos revelan emociones. Las erratas obvias o los descuidos de sintaxis, achacables a una edición que debiera haber enmendado esas fugas al orden gramatical, no empañan su lectura. Algunas partes se llenan de peculiar sentido e intensidad poco vistos de esa forma en la literatura cubana de los últimos años como el propio capítulo dedicado a la muerte de Oviedo.

Sin estridencias, El harén de Oviedo aborda desprejuiciadamente escabrosos asuntos. No le hizo falta a la autora atiborrar su texto de términos groseros para contar hechos ordinarios que pueden suceder en la narración, ni tampoco peca de puritanismos. Algunos fragmentos dan buena fe de ello cuando con ironía y humor se refiere al miembro viril ya caído en desgracia de Oviedo de esta manera: "bastaba ver su pez aunque apático e incompetente". Saturada de leer los vocablos carcelarios para las acciones sexuales, tal si una obsesión pornógrafa hubiera atacado como un virus muchos de los originales presentados a los concursos en Cuba, disfruto los rebuscamientos, nada mojigatos por cierto, de Marta Rojas para la narración de sus escenas de sexo. Ay, me preguntaba, en otras lecturas "de los noventa": ¿dónde están los dioses que inspiraron aquella bellísima página de Julio Cortázar en que se narra un acto sexual todo con sugerentes palabras inventadas? ¿O el tremendo "Capítulo ocho" de Lezama? Tal parecía que con asomarse a un balcón de Alamar o a una callejuela de Centro Habana, en plena vocinglería vulgar, ya se encontraba la solución para la literatura "sexy". Y no, señores (y señoras, claro), la literatura es otra cosa. Entre otras muchas cosas, la literatura es que cuando el lector se pregunte al encontrar la palabra "fin" (si ha esperado hasta ahí para interrogarse) qué me ha dejado esta novela (o este cuento) tenga una respuesta, una inquietud, simple o compleja, pero una huella, un trazado, algo que ha debido quedar en el espíritu (por llamarlo de alguna forma).

En El harén de Oviedo se sigue la vida de una mujer que, a pesar de tenerlo todo en contra, decide tomar las riendas de su destino. Por suerte, esta es sólo una de sus lecturas posibles, uno sólo de los trazados que deja. En más de quinientas páginas va creciendo la intriga: ¿ganaran la pelea por la herencia estos hijos naturales capitaneados por Enriqueta?

Eso es algo, más bien lo primero, que le pido a una novela: que me haga querer llegar hasta el final. Lo demás, las emociones estéticas, la sensación de que me sea revelado un fragmento inesperado de la realidad, que la lectura me deje atisbar la conciencia del ser humano, viene después. Pero debe venir. En El harén de Oviedo tuve interés, emoción, sensaciones y la conciencia de que Enriqueta no se dio por vencida. No, no nos demos por vencidos.

  1. El harén de Oviedo, editorial Letras Cubanas, La Habana, 2003)

 

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