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¡ALTO SONGO, SE QUEMA LA MAYA!
(FRAGMENTO DE CANCIÓN DE RACHEL)

Los negros son peligrosos con un machete en la mano, muy peligrosos. El asunto, según yo lo recuerdo, empezó por lo de la Ley Morúa. Morúa fue un hombre decente del gobierno, pero tenía la desgracia de ser mulato.


Miguel Barnet

De que miente, miente. Pero son mentirillas. A veces con su cicuta, pero mentirillas, al fin y al cabo.

Seguimos trotando. La compañía nuestra era como un globo; se inflaba y después se volvía a desinflar..., debido a que muchos tipejos y tipejas se unían en medio de la gira, lo abandonaban todo o pasaban a otro circo, o les daba por vivir en Tunas o en Ciego. Así es la gente de teatro; aventurerismo, ¨flatuismo¨, bulla...
Cada vez que salía uno, había diez o quince candidatos que llegaban con sus maleticas, sus trapos y se ofrecían, igual comían candela que tocaban el saxofón que se acostaban sobre una cama de clavos.
Era la necesidad del pan. Por esos años había hambre en Cuba. Y muchos torbellinos políticos.
El viejo me convenció de que me quedara: ¨Yo te lo aguanto todo, niña; haz lo que tú quieras, mátame si lo deseas, pero tú eres mi vida¨.
Oyendo eso a diario me ablandé por pena y seguí con el Don a cuestas. Él me agarraba en cualquier ligereza y lo más que hacía era advertirme que no perdiera mi tiempo. Etcétera, etcétera.
¡Pobre Don! Como él quedan muchos por ahí, desahuciados, tristes fantoches de la vida.
Las mujeres somos malas en el fondo abusamos de los hombres. Yo lo confieso.

Yo me pasaba la vida diciéndole: ¨Tú, tápate la cabeza con un casco, muñeca, tápatela, porque cualquier día de Dios esta carpa se nos cae arriba, de vieja, de podrida. Nos va a aplastar como si fuéramos cucarachas. Tápatela¨.
Ella, como todas eran iguales, y son, se me reía y me miraba de arriba abajo, como diciendo: ¨Ven, que yo lo que quiero es que tú...¨, y de tanto reírse, la cojo, eso fue cuando el viaje a Santiago y le doy un halón de brazo que por poco se lo arranco. ¡ Qué muchachita! Lástima que de allí no salimos nunca. El viejo la chequeaba con prismáticos. Así y todo nos revolcamos en la lona, en el aserrín..., nos metíamos debajo de las tablas y luego salíamos averiados, pero contentos, El viejo, para mí que lo sabía, pero callaba. ¡ Qué muchachita!
Todo empezó y terminó allí, como la tanda, igual.

La candela nos agarró en Santiago de Cuba. Allí llegaron a imponer el orden y atemorizar al pueblo. Eran fieras disfrazadas de hombre. 
Cuba no se merecía esa guerra, pero la tuvo, y fue entre hermanos. Negros contra blancos.
Nos achicharraron el circo, nos humillaron, nos amenazaron, sobre todo al Don, de muerte a machete si no les dábamos alimentos.
Todo se lo dimos, hasta los trajes del personal artístico: muselinas, piqués, tafetanes...
Ésa fue la guerrita de los negros, la bulla racista de 1912.
Por eso creo que al negro no se le puede dar mucha ala. Aquí iban a imponerse, si no es por la cordura del gobierno.
Los negros son peligrosos con un machete en la mano, muy peligrosos. El asunto, según yo lo recuerdo, empezó por lo de la Ley Morúa. Morúa fue un hombre decente del gobierno, pero tenía la desgracia de ser mulato. Quiso hacerse famoso y lanzó una ley prohibiendo las sociedades de color. Él como negro, no debió hacer eso. La ley le costó la enemistad de muchos de su raza, y la cosa llegó a la manigua.
Los negros se alzaron en toda lo la provincia de Oriente, en Las Villas, y no sé si en La Habana. Fueron días de angustia y cerrazón: pestillos, ventanas, todo herméticamente cerrado en pueblos y ciudades.
El pánico cundió porque los negros, al verse secundados por toda la hamponería, cogieron vuelo: ¡Haití, esto sería Haití!
Los dirigente Estenoz e Ivonet eran negros de clase. Por eso tuvieron seguidores. Engañaron a medio mundo, prometiendo villas y castillas.
Aquí iba a constituirse una república de charol. Los racistas aprovecharon las lomas de Oriente y subieron con rifles, antorchas, trajes de generales y brigadieres...
Nosotros nos escondimos en casa de los Villalba hasta que el zambeque pasó. Toda la compañía se desmembró, unos para La Habana, y otros ni se sabe el puerto.
El viejo temblaba porque nunca había visto una guerra entre blancos y negros. Yo le hacía manzanillas y lo calmaba para que no se me fuera a morir en medio de ese torbellino. ¿ Qué haría yo sola en Santiago de Cuba, sin plata, sin allegados?
La negrada de la capital de la provincia se escondió, uno salía a la calle y no veía a un negro ni en tres leguas a la redonda. Ellos también se acoquinaron. Los cabildos y las sociedades de color cerraron.
Ni un tambor, ni una fiesta, nada. Y eso para ellos era el puro infierno. Los alzamientos de Alto Songo y La Maya fueron los mayores. Dicen que Estenoz se lució con un rifle americano, y que Ivonet era como el general Moncada. Eso decían los santiagueros. Yo oyendo y muriéndome por dentro. Pobre gente, tuvieron que huir en manadas para los pueblos, a guarecerse en los cuarteles o en casa de los familiares. Eran peregrinaciones sin alimento, sin ropa, sin armas.
Dejaban los muebles en las casas de empeño y salían huyendo. Las tropas de Estenoz invadieron muchos pueblecitos, y las de Ivonet igualmente.
Sólo que Ivonet no tenía la prestancia de un general y el otro sí, porque era un mulato zoquetón, engreído.
Esa guerra se hizo a base de mucho ron. Los jefes eran todos borrachos y viciosos. La prueba mayor la dio el general Monteagudo, que salió retratado en la prensa con dos negros alzados y varias botellas de ron de caña. Monteagudo fue enviado por el presidente Gómez para limpiar el terreno. Desde luego que le costó trabajo, pero lo logró. Mendieta es otro de los oficiales que participaron y del cual todo el pueblo tiene un gratísimo recuerdo. Ellos sabían que, a los negros, con ron se les derrotaba. Y según yo oí decir, las botellas subían a las lomas para que los negros borrachitos se dieran por vencidos. El alcohol hacía maravillas.
Quemaron ingenios y plantaciones enteras, pero no pudieron vencer. Eran la minoría, y además, estaban equivocados. En La Maya hubo un zafarrancho grande. Los racistas quemaron ochocientas casas; un pueblo en llamas: la estación de trenes, el paradero, la casa de correos.
La Maya quedó hecha cenizas! Luego salió un canto que decía: "Alto Songo, se quema La Maya", y no sé qué más. Ése es mi pueblo: después de la guerra, la musiquita.
Negros, ¡negros!: ¡qué dolor de cabeza dieron, madre mía!

El colmo de todo aquel zambeque fue lo que hicieron con nuestra enseña patria. Quitaron la estrella luminosa de la bandera que se le apareció en sueños a Narciso López y, en su lugar, pintaron un potro negro como el carbón. Ahí se resume esa guerra: el potro contra la estrella.
Los blancos se metieron a curiosear y les salió carísimo. Un grupo de isleños sin patria se coló en las tropas de los dos generalitos, del Estenoz y del Ivonet, y a todos los liquidaron. Transportaron a más de un isleño en yaguas para los cementerios, para las cochiqueras, para las furnias...
La rabia del gobierno fue tan grande, que hay que reconocer que se cometieron algunas imprudencias. Por ejemplo, yo recuerdo que en Santiago, dicen que en Regla sucedió igual, cada vez que un blanco veía a un negro en la calle, le tiraba. Y así cayeron muchos que a lo mejor no sabían ni quién era Estenoz ni quién era Ivonet. Las guerras son así. Pagan siempre justos por pecadores.
En La Habana los muchachos de la Acera del Louvre se tiraron a la calle, por Prado, por Zulueta, hasta Malecón. Al negro que veían medio ¨relambido¨ se la cortaban. Ahora, hablando la verdad, ellos tuvieron la culpa. Amenazaron que esta isla sería territorio negro, que Estenoz iba a ser presidente y otras barbaridades más, por eso los muchachos se sublevaron.
En el Anón del Prado se sentaba un viejo de la aristocracia, finísimo él, que había sido de los sublevados. Él me hacía la historia de cómo los negritos se escabullían cada vez que lo veían, bajaban la cabeza o cruzaban a la acera contraria. Él se les paró bonito.

La agitación conmovió a toda la Isla. No se hablaba más que de la bulla racista. Pero como todo es como es, y no hay mal que dure cien años. La situación se calmó cuando llegaron los americanos. A ellos sí los respetaban. Pararon un buque en la bahía y el temporal cesó. Anunciaron también que llegarían creo que unos quinientos cowboys expertos en la captura de reses bravas, cowboys enlazadores.
Si llegaron, no se dijo en la prensa, pero yo doy por seguro que la mayor parte de los rebeldes fue capturada por ellos. Un hombre con experiencia en tirarle el lazo a un potro podía enlazar cuatro o cinco negros de un golpe.
Eso fue lo que liquidó aquí la guerrita del doce. Que digan que los oficiales cubanos hicieron su papel, bien, allá quien lo diga; yo pongo las manos en la candela si no fueron los americanos los únicos salvadores.
El 24 de Junio de 1912 mataron a Evaristo Estenoz. 
Era el día de San Juan, por eso lo recuerdo tan claro.
La muerte del cabecilla acabó con la insurrección. Yo volví a La Habana con el viejo cuando reanudaron el ferrocarril. Compré el periódico, y vi un chiste que da la clave para comprender el zambeque ese. Era en La Política Cómica.
Dos guajiros de guayabera y sombrero de jipi decían:

Cuba es una nación próspera y feliz,
hasta las bullas se acaban repartiendo maíz.


Y se veía en un rincón a un general de campaña, con una bolsa en la mano y una espada en la otra, dándole maíz a una bandada de totíes. ¿ Quién sabe si es verdad que los negros recibieron dinero? Nadie. Eso quedó así. Y los que se sacrificaron fueron los que siguieron a los líderes, a Estenoz y a Ivonet.

Aquí tienen a Ivonet,
trigueño cubo-francés,
y jefe rebelde que es,
quien pone a Cuba en un brete.
Luce uniforme haitiano
de su rango y jerarquía
y piensa ser cualquier día
mariscal afrocubano.

Y la otra coplita se la dedicaron a Evaristo. No se me olvida porque la canté mucho por diversión:

Este bravo general
de color independiente
se proclamó presidente
y emperador tropical;
al verlo así
con su uniforme brillante
hay que decir al instante
¡si estaremos en Haití!

Lo que digo yo: después de la guerra, la musiquita.
Desde luego que la sangre no hubo quien la repusiera.
Estrellas de oro, zapatos con espuelas de plata, pantalones de dril crudo...
¡Qué va! Una guerra así no había pueblo que la soportara.
Los negros quedaron aplastados, por ambiciosos racistas.

¿ Y qué carajo creían ellos, que nosotros íbamos a entregarnos mansitos, que les íbamos a dar nuestras armas y bajarnos los pantalones? De eso nada. Y se lo demostramos. Nos decían salvajes, negritos de charol y mil insultos más, pero, ¿cuándo en este país se elevó al pueblo un programa más democrático que el de los Independientes de Color, cuándo aquí se luchó a brazo partido por lograr beneficios para los negros, que salíamos de la guerra descalzos y harapientos, con hambre, como el propio Quintín Banderas, y que luego lo mataron mientras sacaba agua del pozo de su casa? Que no vengan con habladurías. Que ahora sí llegó el momento de la justicia.
Y ninguno de los que nos jugamos el pellejo en aquella guerrita vamos a quedarnos con la boca cerrada.
Al menos, el que venga adonde estoy yo a decirme, que si el racismo, que si los negros eran sanguinarios, le voy a dar un soplamocos que va a saber quién es Esteban Montejo.

Yo no sé lo que piensan los periodistas, los escritores y los políticos de eso. Pero yo, como hombre, como ciudadano y como revolucionario, creo que aquella lucha fue justa. Con sus egoísmos y sus fallos, pero necesaria. Los negros no tenían adónde agarrarse, no podían ni respirar y habían sido generales y hombres de letras, como Juan Gualberto Gómez, a mí no me interesa lo que esa mujer diga; yo veo las cosas desde otro punto de vista. Ella, y yo la conocí, fue una vive bien, nunca tuvo ideas sociales, ni se interesó por la política del país. Hacía sus obritas allí y después se iba de lo más campante para su casa. ¿Ustedes creen que eso puede ser aquilatado? Para mí lo que ella diga con relación a la guerrita de los negros es pura tontería. Una mujer racista como ella, acomodaticia y... Mejor no toquemos ese punto. Yo declaro mi admiración por aquellos hombres que quisieron respirar abiertos. Y si ella dice que son fieras, o lo que fueron, a mí me tiene sin cuidado. La fiera fue ella que se aprovechó de esta República, que lo único que supo hacer fue acumular riqueza. Porque fama no tuvo y gloria mucho menos. Rachel es el mejor ejemplo de la prostitución que reinó en este país, del vicio y de la mentira en bandejas. Y esto lo digo yo y lo mantengo. Y que yo sepa, de negro no tengo ni una gota de sangre. Pero veo las cosas como son, como tienen que ser. Óiganla, porque ella es simpática, jaranera, y sabe algunas cositas, pero no le hagan mucho caso. Se lo digo yo que llevo ¨machucando¨ la vida hace un largo trecho ya.


Notas :
Tomado de Canción de Rachel, Editorial Letras Cubanas, 2001



   

 

 

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