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Felix Sánchez Rodríguez
autor, poeta

Esta carta sobre "la canasta básica" circula de nuevo en Cuba en octubre, 2009:

Ciego de Ávila, 22 de marzo de 2006

Estimados compañeros:  

En primer lugar quiero decirles que no soy un economista, soy esencialmente un escritor que estudió Ciencias Sociales en la URSS entre 1987 y 1990 y tuvo allí el privilegio de ser testigo del desplome de un país que era hasta entonces paradigma de la sociedad socialista.  

Entre las cosas que me llamaron allí la atención, como alumno de la Escuela Superior del PCUS de Moscú, fue la falta de correspondencia creada entre los hechos y lo que debía ser (o se quería que fuera), es decir, entre la realidad y lo que recogían informes de plenos del PCUS, revistas supuestamente especializadas, discursos, artículos de la prensa. Una de las razones de esto, a mi modo de ver, estuvo en que todas las esferas de la sociedad se dejaron arrebatar su espacio y se subordinaron, creyendo hacer un servicio útil a la patria, a la estrategia política. En lugar de reflejar cada esfera, cada institución, de modo honesto la realidad y contribuir con ese espectro dialéctico al debate, a la contradicción estimulante del desarrollo, aceptaron que todo pasara antes por el prisma ideológico, de modo que lo que debía ser un reflejo primario, particular de cada zona de la vida social, paraba siendo siempre un reflejo del reflejo que ya había hecho la ideología. La ideología establecía una visión, unos límites, y dentro de esos límites, se movía todo el pensamiento.  

Les soy sincero, cuando aquello empezó a desplomarse, los documentos de solo unos meses atrás me parecían textos casi humorísticos. Caminé Moscú buscando a un hombre nuevo, “multilateralmente desarrollado”, que nunca había existido. Visité fábricas cuyo atraso tecnológico asustaba, cuyos colectivos obreros asumían su “propiedad colectiva” con el entusiasmo de miembros de un campo de concentración. Comprendí que con el desplome se estaba pagando el precio de una lectura triunfalista de la realidad (lectura que siempre es a la larga inmovilizadora), una lectura que queriendo vencer al enemigo había finalmente suicidado al país.  

Esas lecciones no doblegaron mi espíritu, no me hicieron pesimista, no me provocaron dudas sobre el destino de la humanidad, pero me hicieron más responsable y autocrítico. Allí, en la escuela del PCUS, encontré a profesores que se avergonzaban entonces por haber callado, por haber dejado correr las cosas, por haber levantado la mano en cientos de momentos diciendo sí a algo que no veían o compartían. Y leyendo a los marxistas olvidados por esos países, encontré, como un lema muy sabio que he guardado para guiarme éticamente, estas palabras de Gramsci: “Toda verdad es revolucionaria”.  

He querido exponer estas cosas, como fijación de algunos principios, antes de entrar en el tema con el que quiero, obviamente, no dar lecciones a ustedes, sino más modestamente proponerles un debate, una reflexión. Este es el tema de la canasta básica en Cuba.  

Les expondré mis puntos de vista con toda sinceridad. Faltará tal vez el tecnicismo del especialista, pero sí les aseguro la honestidad y la sensibilidad de alguien que cree que saber la verdad, lo real, es premisa para actuar con eficacia. Fui militar -- soy mayor retirado de las FAR -- y recordaré siempre que el primer paso para emprender una acción es realizar lo que se llama “la apreciación de la situación”. Esa apreciación, si no queremos que fracase la acción, debe hacerse con toda profundidad, buscando la veracidad extrema. Si mis soldados están cansados, son inexpertos, solo cuentan con tres cartuchos por hombre, si el enemigo trae tanques de guerra en lugar de carros ligeros de combate, mi apreciación debe partir de esta realidad, cruda, molesta, adversa, no ideal, pero verídica. Solo con una apreciación fiel de la realidad como partida puedo planificar mis acciones y obtener la victoria.  

Creo, entrando en el asunto, que el tema de la canasta básica en Cuba, ha sido ese tema sobre el que casi nadie ha querido llegar a una imagen real. Los balances anuales la obvian. Los economistas no hablan de ella con la misma profundidad con que lo hacen si van a abordar la situación en América Latina, la canasta básica en esos países, por ejemplo. El término se utiliza en los discursos como una categoría política, dejando a un lado toda la cantidad de datos, de números, de comparaciones, que entraña hablar de la canasta básica, estudiar sus índices, su situación. Los periodistas repiten este error una y otra vez. Les pongo algunos ejemplos, tomados de sitios cubanos en Internet. Veamos.  

“Cuba mantendrá la canasta básica”, dice Ángel Rodríguez Álvarez, en un servicio especial de la AIN. Este periodista cree que la canasta básica es algo que existe por voluntad de alguien, se crea, digamos, vamos a “crear la canasta básica”, y por ende puede mantenerse o no. Obviamente, eso sería como decir “Cuba mantendrá el salario real”. Uno y otro son categorías para explicar la situación real, de satisfacción de las necesidades de las personas en toda sociedad. La canasta básica no se puede “mantener” porque la canasta básica existe objetivamente, en la misma medida en que el hombre, objetivamente, tiene necesidades básicas.  

Otro periodista, espero sea periodista y no economista, Carry Ferriol Solam, comete un error mayor, dice “La canasta básica familiar o cuota mensual...”. Esta afirmación está en el artículo “La alimentación popular pese al bloqueo” en el sitio de CMKC de Santiago de Cuba.  

La confusión de canasta básica con cuota mensual se repite en un artículo de Roberto Morejón, “Mejoría de la alternativa alimentaria”, en el sitio de Radio Habana Cuba. Dice este comentarista: “Desde los primeros años de la revolución, las autoridades cubanas mantuvieron vigente la canasta básica o cuota mensual de alimentos...”, y para dejar claro que su error es de fondo agrega seguidamente: “A la venta de la canasta básica de forma equitativa...” En el sitio web de Radio Reloj se conserva aún esta noticia titulada “Comercio cumplirá su deber con el pueblo”, del año 2001, donde se abre con las siguientes palabras: “A pesar de las afectaciones que provocó el huracán Michelle a la economía nacional, Comercio garantizará la oferta de los alimentos de la canasta básica a la población, informó en la provincia de Villa Clara Bárbara Castillo, ministra de la rama”. Aquí, como se ve, se ha tomado también productos normados por canasta básica.  

Un error general es afirmar que el estado cubano “subsidia la canasta básica”. Seguir la búsqueda de “canasta básica” en los sitios cubanos nos conduciría a otros muchos ejemplos de igual corte. En ninguno de ellos he visto un análisis de nuestra canasta básica desde un ángulo profesional, verdaderamente económico. La superficialidad y la distorsión llegan a extremos en el texto “Estado y mercado: experiencia cubana”, del/ /Ing. Jacinto Angulo Pardo, y los licenciados Lic. Ernesché Rodríguez Asien y Rafael Gómez de la Rosa, donde se expresa que:  

El sistema normado de racionamiento a precios subsidiados por el Estado que constituye el principio de mayor justicia social, equidad y solidaridad humana, todos los meses, se asegura la canasta básica a cada familia cubana, a cada ciudadano, sin excepción de ningún tipo y a precios asequibles a todos. La alternativa al racionamiento, es el establecimiento de las leyes ciegas del mercado, que dejarían desamparadas a miles de familias de bajos ingresos, minusválidos, madres solteras y otros que no alcanzarían obtener, los beneficios de esta canasta que garantiza niveles adecuados de alimentación” (el subrayado es nuestro)  

Más recientemente, en el /Granma /de este primero de julio de 2005, la periodista María Julia Mayoral cae en el mismo error y por tanto no se ajusta a la verdad: “...ningún producto de la canasta básica en Cuba ha modificado su precio, pues el estado los subsidia”. Si somos exactos, el estado solo subsidia una parte de los tipos de productos y a la vez solo un porciento de esos productos, es decir, no en el volumen total necesario. Cuando un periodista dice que se subsidia el arroz de la canasta básica y seguidamente reconoce que ese arroz no alcanza más que para 10 o 15 días está cayendo en una contradicción flagrante: el arroz de la canasta básica es todo el arroz que yo debo consumir en un mes, no puede ser el de una parte del mes.  

Otro tanto ocurre cuando se habla de una canasta básica que se ha constreñido. La canasta básica, su apellido lo indica, ya tiene una cualidad definitoria: ser básica. Yo no puedo quitarle productos a mi antojo porque pierde la condición de básica. Este manejo irreflexivo de la canasta básica, sin reparar en sus límites cualitativos, abunda también en nuestra prensa.  

Compárense estos conceptos de canasta básica que hemos citado de distintos trabajos periodísticos con el que recoge en su Glosario, no una entidad extranjera sino el sitio cubano www. cubaindustria.cu: “Conjunto de productos que representan las necesidades básicas de una familia de la población estudiada. Acerca de ésta, el Estado debe establecer una política de aseguramiento para que, a través de precios accesibles, pueda ser adquirida por las familias de menores ingresos”. Fijémonos que es una categoría de “necesidades” y no de “ofertas”, es una medida que se establece desde el ser humano, sus requerimientos, sus hábitos alimentarios, su tradición, y que actúa como medidora de la economía y no a la inversa.  

Los estudios económicos, estimo, compañeros, tienen esa a veces dura pero siempre utilísima función social: aportan datos, muestran la realidad social en uno de sus aspectos básicos, determinantes. Si el análisis económico no se hace o se hace mal, lo demás es un análisis y un combate a ciegas. El economista es como el laboratorista del hospital: cuando acepta o calla datos de su estudio, es como ese laboratorista que lleva a los médicos, a la espera de un riguroso análisis de sangre, un papelito solo diciéndoles que la sangre del paciente es hermosamente roja. En esa medida, compañeros, yo me siento, les soy franco, inconforme, defraudado por nuestros estudios económicos. ¿Por qué estas pifias sobre la canasta básica no se corrigen por nuestro periodismo económico especializado? ¿Por qué se permite que circule como verdad una verdad tan a medias como esa de que el estado subsidia los productos de la canasta básica? A nuestro estado no le hace falta ese favor, tiene resultados reales para mostrar al mundo. Esa información, ante personas serias, que caminan por Cuba, ven nuestras tiendas, que saben de los salarios y los precios de las mercancías más esenciales, pasa por ser algo no creíble. Mientras el asunto de la canasta básica es un dolor de cabeza con números, con kilogramos y centavos, en la familia cubana, es lamentable que se trate tan abstractamente por quienes debían dar lecciones de profesionalidad.  

Si necesitamos saber cómo vive realmente nuestro pueblo, la magnitud de su heroísmo, y dejar esto bien claro para el presente y para el futuro, es necesario rigor y honestidad. Este modo de asumir el asunto no nos deja ver con profundidad y comprender muchos fenómenos de nuestra sociedad que tienen relación con el valor real de nuestra canasta básica y la capacidad del salario de los cubanos para su adquisición. De ahí saldrían interrogantes para evaluar la eficacia real de nuestra economía, y en particular, de los ministerios más comprometidos con la canasta básica; saldrían argumentos para entender muchos fenómenos sociales, tales como las actividades económicas ilícitas, el éxodo de profesionales hacia el turismo, la situación delictiva de la sociedad, el desvío de recursos en las empresas, los índices migratorios, y otros muchos más que nos inquietan.  

Quisiera preguntarles ahora: ¿Sabemos o no los productos que integran la canasta básica en las condiciones específicas de Cuba?¿Sabemos realmente cuanto cuesta nuestra canasta básica?¿Sabemos, de eso productos (en unidades y valores), cuántos subsidia el estado y cuántos se adquieren a precios de mercado (libre o de divisas)? ¿Sabemos cuánto de la canasta básica es cubierta por nuestro salario medio? ¿Sabemos cuantas familias, en cifras o porcentualmente, no están en Cuba en condiciones de adquirir esa canasta básica?. En fin, ¿sabemos, tenemos a mano, pasamos a los gobiernos locales, a los dirigentes, a los sociólogos, todo lo que ustedes saben, como especialistas, que se debe descubrir y mostrar en un estudio competente de la canasta básica?

En el concepto de canasta básica entran los productos básicos, pero nosotros en la prensa solo operamos una y otra vez con los alimentarios. ¿Es esto correcto? ¿Lo hacemos inconscientemente o porque no queremos abordar un asunto peliagudo? ¿Qué subsidia el estado actualmente de productos tan básicos, a mi modo de ver, como el calzado y el vestuario, el aseo personal?  

Me he referido arriba a los productos de la canasta básica en el caso específico de Cuba, porque ustedes bien saben que la canasta básica se mide en volumen de productos y no en kilocalorías, como a veces se confunde por nuestra prensa. Porque no se trata solo de que se te mire como una máquina que consume proteínas, carbohidratos, sino como una persona, con tus tradiciones, tus necesidades propias como parte de una comunidad. Lo que quiere decir que si en la dieta del cubano está consumir frijoles negros, yo no puedo cubrirle arbitrariamente ese producto de su canasta básica por chícharos. Esa es una solución de emergencia, pero no es una solución ajustada verdaderamente a la canasta básica. Me provocó desconcierto que luego de centenares de años teniendo los cubanos la leche y el chocolate como productos esenciales de su desayuno (hasta tenemos un “toma chocolate y paga lo que debes” en nuestra música), y verse la población obligada a prescindir de ellos o a adquirirlos a precios altos, en el mercado en divisa o el mercado negro (reflejo esto de una incapacidad de la economía de asegurarlos, por las múltiples razones que sean), la periodista Emma Sofía Morales escriba un lastimoso y ridículo texto, “Chocolate más allá del paladar ” (en Emisora rcm.cu), donde celebra el arribo de estos productos a nuestra dieta, como si se tratara de dos platos importados de la cocina sueca. De ese modo ella, en lugar de dar la bienvenida a una solución (lo que entraña reconocer automáticamente un problema), lo hace a una “iniciativa”, a una “novedad”. No creo que sea su culpa, al abordar el asunto se ajusta a un molde, a una práctica en la prensa de hablar de la canasta básica de manera verdaderamente simplista.  

Un último aspecto. No se trata, a mi entender, de incapacidad de nuestro pensamiento económico para hacer el estudio interno que necesitamos. Cuando usted lee noticias y comentarios acerca de la canasta básica en otros países, llama la atención la profundidad, el rigor, la sagacidad de los análisis. A partir de ese estudio, tan primario, llegamos a hablar del nivel de pobreza, de salario mínimo, del encarecimiento de la canasta básica, de seguridad alimentaria, y con ellos explicamos cientos de fenómenos sociales de esos países. ¿Por qué no lo hacemos en Cuba? ¿Por qué no asumimos nuestra situación real? 

Compárense los puntos de vista, todos abstractos, discursivos, antes empleados en nuestra prensa al referirse a Cuba, con este modo de utilizar esa categoría como punto de partida para enjuiciar el estado de una sociedad, en este caso la mejicana:  

 En términos de pobreza Martínez [ se refiere a Osvaldo Martínez, presidente de la Comisión de Asuntos Económicos de nuestro Parlamento ] destaca que según economistas mexicanos, el 47% de la población vive allí en la pobreza y el 19 % en la indigencia. Esto se aprecia entre otras cosas en el comportamiento de la canasta básica que en los años de vigencia del TLC aumentó de precio 560 %, mientras que el salario real sólo aumentó135%; la canasta aumentó de precio casi 5 veces más de lo que aumentaron los ingresos reales de los trabajadores. Durante el gobierno de Zedillo el salario mínimo se plantea que perdió el 48% de su poder de compra y más del 50% de los asalariados mexicanos recibe actualmente, en términos reales, menos de la mitad de lo que recibía 10 años atrás. (“D –M –D’ y la Racionalidad Irracional del Modelo Neoliberal”, en /Revista Cuba Socialista/, mayo de 2004).  

Miren, este mal manejo —manejo a medias, manejo nebuloso— de algo tan clave como la canasta básica crea situaciones verdaderamente paradójicas. Así resulta que somos un país del tercer mundo, bloqueado, saliendo del período especial, pero que, casi mágicamente, “aseguramos la canasta básica”. Y en nuestra prensa usted lo mismo se encuentra el término “la dura realidad”, “el heroísmo de los cubanos”, que una loa a nuestra economía, al bienestar que le hemos asegurado a las personas, donde se habla incluso de “acceso de todos a la canasta básica” y “un salario decoroso”.  

Que los cubanos inventamos para alimentarnos es parte de nuestro orgullo como nación que resiste. Pero ofende la inteligencia que eso no se reconozca. Tratemos de estructurar un desayuno diario para un núcleo de 4 personas adultas, ni siquiera con chocolate, huevo y jamón (que bien pudiera hacerse), solo con leche y mantequilla (dos productos que ningún núcleo de adultos recibe si no es a precio de oferta y demanda o en divisas) y nos daremos de bruce con una realidad: cuatro pesos en la leche y cinco en la mantequilla son 9 pesos diarios que hacen 270 en el mes. Quiere decir esto que si en ese núcleo trabajan dos personas (calculemos un adolescente y un anciano en ese cuarteto), el salario de uno de los dos miembros que ingresa se dedicaría a “desayunar”. ¿Puede alguien de esos que hablan en términos solo elogiosos de nuestra canasta básica refutar este simple cálculo matemático?  

Creo, compañeros, que debemos ir a buscar la verdad a toda costa. Aún aquella que nos resulte amarga, que no agrade a otros. Los datos de partida que arrojaría un buen estudio de la canasta básica cubana sentarían las bases para la coherencia y la cientificidad, para nuestra batalla cotidiana con la rentabilidad, los precios minoristas, los salarios. Entonces no sería tan incongruente un discurso conmovedor como el de /Suite Habana/ con el del NTV, de la narrativa cubana actual con ciertos informes y balances triunfalistas, que nada tienen que ver con las penurias, angustias y malabares de la gente para subsistir.  

Hasta aquí, compañeros, esta carta. Pido disculpas si en mis palabras lastimo sensibilidades o soy innecesariamente severo. Esta es una polémica que propongo entre los que tenemos el deber de perfeccionar y llevar a su feliz término la construcción de esta opción que se llama la sociedad cubana. Si no tuviera ese optimismo, esa visión de que podemos y queremos, de que estamos dispuestos a todo por ello, no les escribiría.  

Con todo el afecto,  
Félix Sánchez Rodríguez

 

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